lunes, 2 de junio de 2014

lunes, 19 de mayo de 2014

Bravo samurái (para ochenteros)


Una de las cosas en las que coincidimos muchos escritores es en la tendencia/obsesión por rescatar detalles de nuestro pasado e incorporarlas a nuestras narraciones. Normalmente son pequeños detalles, no historias completas: un nombre, un personaje, un tipo de ropa, una canción... En mi caso, me ha parecido divertido compartir con vosotras y vosotros (y, de paso, recordarla) la trayectoria de una cantante muy conocida en los años 80 (yo era un crío, que conste) que indefectiblemente viene a mi memoria una y otra vez, y que suelo incorporar, casi como un guiño sin final, en muchas de las cosas que escribo. Ella es Vicky Larraz

Vicky Larraz fue la primera vocalista de uno de los grupos pop de más éxito en los 80: Olé, olé. Aunque quizá el grupo fue más conocido cuando Marta Sánchez sustituyó a Vicky Larraz, la verdad es que Vicky le dio una personalidad muy destacable en ese contexto de grupos poperos y frescos que coincidieron en el tiempo con bandas de todo tipo y pelaje, en esos maravillosos 80 para la música

En el año 1987 Vicky Larraz representó a España en el festival de la OTI, la versión latinoamericana de Eurovisión, donde logró un meritorio tercer puesto con una canción que se llamaba Bravo samurái. Os pongo el videoclip original, además de para que escuchéis la canción, porque creo que es muy interesante observar uno de los fenómenos audiovisuales más potentes de los 80 y los 90, el videoclip, que tanto ha influido después en el cine y la televisión. Obviamente, debéis juzgarlo sin prejuicios, pensando en que han pasado más de 30 años.



Tanto con Olé, olé como en solitario, Vicky Larraz interpretó canciones muy conocidas en esa época: No controles, Voy a mil, Siete noches sin ti, El amor es un huracán e, incluso, se atrevió con versiones de las Supremes o de Donna Summer. Pero, lo que son las cosas, ella, que dejó el grupo que la había dado a conocer en su punto más álgido de éxito para tratar de hacer algo más potente en el mundo de la música, fue desapareciendo de las listas de éxitos de las radiofórmulas casi al mismo tiempo que su sustituta, Marta Sánchez, se subía a la ola del triunfo.

En los 90 Vicky Larraz se fue a Miami y se convirtió en una conocida presentadora y productora de programas de televisión. Ha grabado algunas canciones después, pero no ha retomado su carrera musical

Y yo, en esa rueda de reencarnaciones en la que parece que Vicky Larraz está eternamente condenada al recuerdo, la comparto aquí, con vosotros, por si la reconocéis en alguno de mis personajes.

lunes, 5 de mayo de 2014

El Realismo sucio

Solo el nombre es atractivo, no digáis que no. Para quien no lo conozca, el Realismo sucio es una corriente literaria norteamericana de los años 70. Su máximo exponente, el escritor más conocido de esta corriente, es Raymond Carver. Otro grande (grandísimo) del Realismo sucio es J.D. Salinger. 

En resumen, el Realismo sucio se caracteriza por la sobriedad de los textos, la ausencia de adjetivación, el minimalismo. Carver, por ejemplo, evita las reflexiones o la abstracción. Prefiere los  diálogos (qué importantes son los diálogos, y un excelente ejemplo es el relato Un buen día para el pez plátano, de J.D. Salinger) y, desde luego, las metáforas de situación (situaciones que, aunque pueden leerse de manera directa, son metáfora de otras cuestiones). No encontraréis en los relatos de Carver grandes tramas, personajes heroicos, sintaxis rebuscada… Carver es un martillo pilón. Su lenguaje es seco, sin adornos, directo. Sus relatos hablan de lo cotidiano, a veces de situaciones absurdas que describe como si estuviese sacando una fotografía con palabras. Sin embargo, hay una riqueza extraordinaria e inteligente en sus narraciones: esas situaciones cotidianas, muchas de ellas de pareja, revelan una cantidad ingente de detalles sobre sus protagonistas, sus vidas (sucias -en sentado amplio- y tristes muchas veces). Carver no vuelca sobre el narrador la responsabilidad de relatarnos y mucho menos de interpretarnos lo que sucede o lo que quieren en realidad decir sus personajes: simplemente, nos lo muestra. Para ejemplificar lo que quiero decir, dos fragmentos de un extraordinario relato (a mí es de los que más me gusta) titulado ¡Cuidado! En él, un hombre separado que vive en un cuchitril y que desayuna champán y pastas desmigadas sufre la “desgracia” de tener un molesto tapón de cera en un oído. Su mujer acude al rescate y se da una curiosa y muy significativa (pero nada extraordinaria) situación.
“Tras mucho discutir —lo que su mujer, Inez, llamaba considerar la situación—, Lloyd se marchó de casa y se fue a vivir solo. Tenía dos habitaciones con baño en el último piso de una casa de tres plantas. En las habitaciones los techos eran abuhardillados. Al andar tenía que agachar la cabeza. Debía inclinarse para mirar por la ventana y tener cuidado al acostarse y levantarse de la cama. Había dos llaves. Con una entraba en la casa. Luego subía otro tramo hasta su habitación y abría la puerta con la otra llave”.
“—Te oigo —dijo él—. ¡Estoy curado! Quiero decir que oigo. Ya no tengo la impresión de que hables debajo del agua. Ahora estoy bien. Estupendamente. ¡Dios mío, por un momento creí que iba a volverme loco! Pero ahora me encuentro perfectamente. Lo oigo todo, Oye, cariño, voy a hacer café. También hay algo de zumo.—Me tengo que ir —dijo ella—. Se me hace tarde. Pero volveré. Saldremos a comer algún día. Tenemos que hablar.—Sencillamente no puedo dormir sobre este lado, eso es todo —prosiguió él.”

Algunos de sus libros más conocidos son ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, De qué hablamos cuando hablamos de amor, Catedral (en donde se encuentra ¡Cuidado!) o Tres rosas amarillas. Los relatos de Carver están disponibles en español a un precio razonable (mirad aquí).   

lunes, 28 de abril de 2014

¿Necesitas un entrenador para ligar?


Hay que reconocerlo: los americanos son geniales (casi siempre). Y, desde luego, Nueva York es el centro neurálgico de la creatividad relacional y social (me acabo de inventar estos términos, sí, lo sé). Fueron ellos los que tramaron todo el rollo del metrosexual en los 90. ¿Recordáis?: Beckham era el icono de la metrosexualidad. Fue una agencia de publicidad, junto con una empresa de cazatalentos, los que pasaron “duras jornadas de trabajo” en la noche neoyorquina para encontrar nuevas tendencias personales y construir así lo que fue un hito en el modelo de masculinidad occidental.

Pues bien. Me encuentro ahora con una información sobre un negocio en alza: entrenadores (coaches) que imparten cursos de perfeccionamiento para ligar. ¡Toma ya! “La gente piensa que el amor llega, pero no es así. Es una habilidad. Mucha gente trabaja mucho pero no dedica tiempo a las citas. Y las citas son un músculo que hay que entrenar”, dice Arthur Malov, experto asesor para las citas de New York Dating Coach. Esta agencia ofrece entrenadores personales a solteros para, son palabras textuales, “conocer mujeres de calidad”. OMG.

Y esto no acaba aquí. Existen agencias, casi todas ellas a través de Internet, para cristianos, islámicos, homosexuales, heterosexuales, incluso se organizan encuentros para millonarios (lo cuenta aquí el diario 20 minutos). ¿Que no tienes tiempo para pensar en citas? No hay problema: algunas empresas están especializadas en speed dating, citas rápidas para gente ocupada.


Por supuesto, el amor ha llegado también a las redes sociales. OkCupid es una red social para encontrar pareja. No hay más que completar los datos personales, la orientación sexual y las intenciones de cada uno (encontrar pareja o solo amistad). 

De aquí sale un relato, fijo, ¿no creéis?

miércoles, 23 de abril de 2014

El comienzo de "Pájaros"

Para conmemorar el Día del Libro, desde hoy y hasta el 23 de abril podrás leer en el blog de Hoy no puedo el comienzo de cada uno de los siete relatos que incluye el libro. ¡Que los disfrutes! Y si quieres regalarlo, haz clic aquí

Metí la carta entre la revista Pájaros y el último número de Aviornis y miré de soslayo a Cristina para asegurarme de que no se había percatado de mi hábil —eso pensaba yo— maniobra. Si lo fue o no, no lo sé, pero en cualquier caso Cristina no hizo ningún gesto sospechoso. Solo movía las manos en círculos imperfectos y hablaba sin parar, subiendo y bajando alternativamente el tono de su voz, mientras me explicaba algo sobre la nueva asistenta que habíamos contratado. Se detuvo a tomar aire y, tras una pausa, empezó de nuevo, esta vez con el colegio de nuestro hijo y su tutora, la señorita Romualda o Isolina o algo así. Yo admiraba la fotografía de portada de un precioso alcaudón común, con su pico ganchudo y su cresta gris pardo. El trayecto por las escaleras del garaje hasta la entrada de la casa se me hizo eterno.

—Tiene problemas, ¿sabes? —dijo preocupada.

—¿Quién? —respondí sin alzar la mirada de la revista, tratando de disimular mi impaciencia por entrar en casa.

—Pues tu hijo, coño, Miguel —y me levantó la cabeza empujando un poco mi barbilla—. Quién va a ser si no. 

  Cuando llegamos, me sentí aliviado. Abrí la puerta y me fui corriendo al cuarto de baño. Cerré el pestillo, me senté en la tapa del inodoro y abrí el sobre.  

—¿Estás bien? —preguntó Cristina. 

—Sí, cariño. Creo que he cogido algo de frío —mentí. 

Era un sobre pequeño, blanco nacarado, sin dirección, ni remite ni franqueo. Solo mi nombre en el anverso, Miguel, escrito a mano, con bolígrafo azul común, y un pájaro dibujado en la esquina inferior derecha con el mismo bolígrafo.

He de reconocer que al principio me asusté. Allí, junto al buzón, miré a todos los lados, en un gesto algo estúpido, esperando vanamente encontrar a la persona que dejó el sobre, como si fuera a estar esperando al otro lado de la calle con las manos en el bolsillo a que yo recogiera la correspondencia. Cristina llamaba con insistencia a la puerta del baño, preocupada por mi salud. A pesar de haber entrado en el otoño sudaba a borbotones, así que me deshice el nudo de la corbata y le pedí a Cristina algo de intimidad. Introduje mi dedo índice entre los pliegues del sobre y los deslicé de izquierda a derecha. Dentro, una cinta de papel común, torpemente cortado, con los bordes irregulares, imprecisos, con forma de sierra. Una nota escrita a mano decía: “Te vigilo”. La letra era redonda, grande y clara, casi de cuaderno de caligrafía. La ‘o’ estaba rematada con un trazo que se parecía al lazo de un regalo. Me sobrevino una súbita emoción, una inquietud que, lejos de azorarme, provocó en mí el nerviosismo de un chiquillo que se enfrenta a algo que no es capaz de dimensionar y menos aún de controlar, aunque reconozco que esa sensación de saberte observado por alguien, de saber que cualquiera puede controlar tus movimientos, me generaba una cierta desazón, más por ser una sensación desconocida que por ser algo molesto. Yo, que siempre había sido el vigilante, siempre ojo avizor para ver lo que nadie ve, para descubrir un nido diminuto bajo un tejado, un polluelo suplicante en una rama, un vuelo rasante de una especie en extinción. Imagino a mi observador, agazapado, con unos binoculares de siete o diez aumentos si es que vigila de cerca; o quizá, si se parapeta en la lejanía, con un telescopio terrestre, un Kowa de precisión. Yo para los pájaros uso un Dachstein, perfecto para observar desde mi ventana o para llevar a mis viajes y mantenerme muy quieto, en una selva tropical o en una sabana, escudriñando entre las árboles para distinguir un nictibio gris, que se pasa las horas muertas apoyado en una rama, confundiéndose con la corteza. Es un pájaro nocturno que durante el día se mantiene erguido, parado, simulando ser una protuberancia o una rama rota, tratando, como yo, de pasar desapercibido para los demás. 

Alguien jugaba a ser Dios. 


Primero pensé en algún colega de la Sociedad de Ornitología porque, aunque no tenía enemigos declarados, el éxito profesional se paga casi siempre con puñaladas traperas o con venganzas inesperadas. Pero no me imaginaba a Casinella o a Martí, tan melifluos ellos, emborrachándose una noche en cualquier tasca y urdiendo una conspiración judeomasónica ornitológica. Ni siquiera a los más jóvenes y ambiciosos: Ruipérez, Manglar y Sánchez, los últimos en llegar a la junta directiva; no, no son de los que aprovechan la noche para entrar en mi portal y dejarme unas notas misteriosas. Pero ¿quién si no?, ¿con qué fin?