viernes 14 de diciembre de 2007

Me gusta, no me gusta



Me gusta que me soplen las heridas, que me hablen al oído para contarme algún secreto inconfesable, que me pasen las púas del peine por la espalda. Me gusta más ganar que participar, pero no que la victoria tenga necesariamente un precio. Y no me gustan las trampas, aunque salgan blancas.

Me gusta la luz de tu cafetería, y el café muy caliente, humeante, y Gladys Knight and the Pips cantando Best Thing That Ever Happened To Me mientras hablamos de los tiempos pasados, que quizá fueron mejores, porque en ellos estaban Lolo, y María y Teresa y todos los que no pudieron llegar hasta aquí.

Me gusta la lluvia de otoño en la cara, pero no llevar agua en los zapatos. Y me gusta quitarme las espinas del sueño, y despertar en calma, como cuando remueves la cucharilla en el café y lees el periódico del día, y parece que las noticias no son más importantes que la lista de la compra. No me gusta arrepentirme, ni poner la otra mejilla, ni esperar la justicia del juicio final.

No me gusta la sopa fría ni el pimiento en las lentejas. Tampoco el arroz salado ni la carne sosa. Y me muero por unas buenas sardinas al borde del mar, en Santoña o Castro Urdiales. Y por un arroz con bogavante en Cudillero, y unas fabes con almejas en cualquier lugar de Asturias.

Me gusta clasificarlo todo, y “clasificarlo todo” tiene dos palabras y 16 letras. No me gusta que me encasillen, ni las etiquetas, tampoco las del jersey arañándome la espalda. Me gusta Audrey Hepburn y Desayuno con diamanes, y no me gusta Fred Astaire ni los musicales. Y me apasiona Woody Allen y Manhattan, y Hannah y sus hermanas, y Sabina cantando después de beberse quince gintonics, y Andrés Calamaro desintoxicado, cantando “La libertad”.

sábado 1 de diciembre de 2007

Vivir a lo House

Ya puedo ver House. Sí. Digo "ya puedo" porque mi hipocondria me impide ver NADA que tenga relación con médicos, hospitales, enfermedades y cilicios parecidos con los que se atiza el personal. Pero House ya puedo. De aquella manera, bien es verdad (tapándome los ojos cuando aparecen vísceras, tripas y sangre), pero puedo.
No tengo intención de criticar la serie que, en mi opinión, es un tanto irregular y algo previsible: la estructura es siempre igual y las historias personales que fluyen bajo la historia de cada episodio son un poco huecas (excepto la del propio House, creo yo).
Aun así, me hace gracia. Ese punto cabroncete, ese halo antisocial, esa máscara que esconde (?¿) sentimientos molan. La verdad es que mola. Cuántas veces he querido ser un House cualquiera y mandar a tomar por culo todo y a todos, sin consecuencias. House es mordaz, irónico y, como todo sincero extremo, algo egoísta. Pero mola, coño. Los demás refuerzan su carácter, porque en vez de despedirlo, mandarlo a la mierda o retirarle la palabra le siguen queriendo y admirando, y pretenden, con una gran dosis de ingenuidad y un puntito de bondad simplona yanqui, atraerlo al rebaño de las imprescindibles (?¿) convenciones sociales.
Ainnsssss!, si yo fuera House. El lunes en el curro temblaban hasta los cimientos.
Pues eso, ¡todos a tomar por culo!