
Me quito la alianza de la mano derecha y la dejo sobre
Volvemos a vernos después de muchos años: tres casados, un divorciado y un fraile con crisis de fe. La panda del instituto se reúne para rememorar viejos tiempos y aferrarse a los últimos estertores de juventud. Dos días enteros para nosotros: sin pareja, sin hijos, sin ataduras. Últimos retoques frente al espejo del hotel.
Trato de esconder las canas debajo del flequillo. Afortunadamente, soy el único de los canallas que aún conserva el pelo. Debajo de los ojos empiezan a crecer unas bolsas arrugadas y pienso que no hay remedio, que se hincharán y se hincharán, como las bolsas de una aspiradora. Y ahí están mis dientes. Tengo unos grandes dientes verja, unos paletos enormes que flanquean mi boca. Son tan grandes que cuando sonrío parece que me he tragado un dominó.
“Pensar en positivo, pensar en positivo, pensar en positivo”, me repito cerrando los ojos. Vuelvo a abrirlos y decido que por hoy me llamaré Peter. Por Peter Pan. Creo que Peter es un nombre misterioso para un español, servirá para contar una gran historia sobre mi vida a cualquier chica. ¿Sabré hacerlo? Estoy desentrenado en el arte de seducir. Claro, que me he puesto la chupa de la suerte: una cazadora de cuero, modelo Grease. Parezco salido de un musical de los setenta. A ver si aparece Olivia Newton John.
Me abrocho con dificultad los pantalones. Soy flaco, pero mi barriga es más que prominente. La curva de la felicidad, dicen. Pienso en el coyote y el correcaminos, y la gran roca con la que siempre aplasta al coyote al final de cada episodio de dibujos animados. Pues yo me he comido el pedrusco marca Acme. Es más fácil saltarme que rodearme.
La foto es de Any Manetta

