Nos paramos en un portal, alejados de la luz de la única farola de la calle. Ella me apremiaba. Me abrazó con fuerza y apretó mi cintura contra la suya. Acercó la boca y selló mis labios, como quien cierra una caja fuerte. Entonces ocurrió: noté su lengua recorriendo mis dientes y su saliva colándose por mis encías. Traté de responder a los estímulos, pero me faltaba el aire. Intenté separarme, pero sus brazos, como tenazas, me mantenía pegado a ella. Grité, y mi aliento se perdió en su boca, en su garganta, en su estómago. Succionó con fuerza y yo cerré los ojos para perder el conocimiento. Cuando desperté, palpé su hígado, sus riñones. Me deslicé por sus costillas, me acosté en su estómago.
Echo de menos sus besos.
La foto es de Axel


5 comentarios:
Fantástico, David. Me paré en el estómago porque me gusta más hasta ahí.
Besos sin asfixias.
Bravo! me ha gustado mucho como recorres primero la inocencia y más tarde el pánico, hasta llegar a la pasión de algo que perdurará para siempre.
Un fuerte abrazo.
De todo menos ingenuo, el beso caníbal.
Si así fue el primero, ¡cómo serían los siguientes!
Precioso... En un principio angustioso y un final tierno...
Mía
Muy bueno, si señor.
Un abrazo, woody.
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