jueves, 31 de octubre de 2013

El detector de mentiras

Looking for 9 Volts by Wijnand Loven on 500px.com
Looking for 9 Volts by Wijnand Loven

El funcionario ajustó las correas a su brazo derecho y colocó los electrodos en su pecho, a la altura del corazón. 

—Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.  

—Sí, lo juro. 

Entonces la máquina comenzó a pitar, con su chillido estridente.

lunes, 28 de octubre de 2013

Escribir es un oficio

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Master and servant by Katalin Gerencsér

“Escribir empieza siendo casi siempre un sueño o un capricho o una vocación imaginaria. Pero el sueño, el deseo, el capricho, no llegan a cuajar en nada si no se convierte en un oficio”. 

Con estas palabras comenzó el escritor Antonio Muñoz Molina su discurso en la entrega de los premios Príncipe de Asturias 2013. No sé si habéis tenido oportunidad de escucharlo o leerlo completo: a mí, personalmente, me emocionó. Me pareció de una gran belleza (y de una gran decencia también). 

Dijo muchas cosas interesantes, pero sus primeras palabras no pueden ser más acertadas. Seguro que muchos/as de vosotros/as habéis escrito en algún momento de vuestras vidas; es posible, incluso, que continuéis haciéndolo. En todos los casos (en el mío, desde luego) nuestros primeros balbuceos literarios fueron un sueño, un deseo de trascender. Pero (y ahí Muñoz Molina da en la clave) para perdurar la vocación se tiene que transformar en oficio. Y desempeñar un oficio exige un esfuerzo sostenido, una dedicación inefable, una práctica dolorosa y sublime a la vez.  

¿Sabéis una cosa? Ahora que está a punto de salir Hoy no puedo (está en imprenta, así que esta semana o la siguiente, a lo sumo, estará disponible) tengo sentimientos encontrados. Por un lado, una gran orgullo y un deseo enorme de, como dice el escritor de Jaén, satisfacer una de las necesidades humanas más intangibles, aunque también una de las más universales: la de saber historias y la de contarlas. Suelo decir que si mis relatos consiguen que alguien disfrute unos minutos, que olvide sus problemas, que se identifique o proyecte sus deseos en algún personaje, ese instante, solo ese instante, habrá merecido la pena. Por otro lado, ya os lo conté en otro momento, siento el vértigo del juicio público porque (también lo dice Muñoz Molina) en este bendito oficio no hay garantías: ni la experiencia, ni la entrega, ni el cariño puesto en contar una historia.

Ahora trato de dar el paso más difícil: escribir el segundo libro de relatos cuando todavía no se ha publicado el primero. He querido sentarme en mi banco de carpintero, coger ese tronco informe e imaginar que dentro se esconde una figura que, quizá, solo quizá, puede ser más bella que la anterior. Os dejo, que tengo que retirarme a la tarea, a desempeñar mi oficio. Trataré de seguir los consejos de Muñoz Molina:

"Escribir sin concederse la menor indulgencia. Escribir aceptando y disfrutando la soledad…".

jueves, 24 de octubre de 2013

Atrapar una sombra

Frescoes by Roberto Pireddu


El día que se dejó quemar la comida no se preocupó: un despiste lo tiene cualquiera. Tampoco le dio importancia al hecho de que no recordarse la fecha del óbito de su marido. ¡Fue hace tanto tiempo! Que no reconociese la voz de su hijo al otro lado del teléfono no era nada extraordinario, porque los años no pasan en balde y no oye bien de un oído. 

Lo que realmente hizo que se pusiera en alerta fue la sombra. Una mañana creyó ver a alguien en la casa. Apenas una sombra que pasó por delante de ella. Agarró una escoba, se armó de valor y recorrió las habitaciones; pero no halló nada. Muchas veces después de esa sintió su presencia fugaz, y en cada ocasión se afanaba, sin éxito, en encontrarla. Un día, incluso, vació todos los armarios para comprobar si se ocultaba tras las maletas, los abrigos o las sábanas planchadas

Ahora se pregunta si esa mujer con la cara arrugada y los labios mal pintados de carmín que la mira fijamente es la sombra que busca. “Eres muy escurridiza”, le dice en voz alta. Y la otra mujer, como burlándose, le repite las mismas palabras. Apaga la luz y sale ágil del cuarto de baño para interceptarla en su huida. Una vez más, la sombra escapa.  

Pero ella no va a parar hasta atraparla.

lunes, 21 de octubre de 2013

Los personajes secundarios

Don Quijote y Sancho Panza by HERNAN PEREZ


La historia de la literatura (y la del cine, y la de la televisión) está plagada de personajes secundarios adorables. El primero que me viene a la cabeza es el bueno de Sancho Panza, pero seguro que cualquiera de vosotros podéis pensar en multitud de ejemplos.

Ya os he hablado en otras ocasiones de mi amigo Manu Espada. Es escritor, guionista de televisión y maestro de ceremonias de las presentaciones de Hoy no puedo en Sevilla, Salamanca y Madrid (9 de noviembre, 23 de noviembre y 14 de diciembre). Pues Manu está preparando un libro de microrrelatos que publicará la editorial Menoscuarto en febrero. Ha tenido una idea genial como hilo conductor de todos ellos: el libro se titula Personajes Secundarios, y en él convierte a secundarios de la literatura, el cine y la vida en protagonistas durante unas líneas. Es un libro de perdedores, de segundones convertidos en protagonistas por un momento, lo que dura un cuento.

La verdad es que el término "secundario" tiene unas connotaciones algo peyorativas que no hacen justicia a quienes ostentan este grado en la ficción narrativa. Si el personaje principal realiza o sufre la acción que define la historia (simplificando mucho), los secundarios intervienen de múltiples formas en el desarrollo de la trama. A veces, son simplemente testigos o cronistas de lo que ha sucedido. En otras ocasiones son los narradores, su visión de las cosas es crucial, porque es su mirada la que explica (y la que filtra) lo que le pasa a un personaje que, al menos a priori, tiene todas las papeletas de llevarse los favores del público lector o de los espectadores. Otras veces, la intervención del personaje secundario puede parecer testimonial, pero muy probablemente sin su intervención no entenderíamos la historia de la misma manera.



En las series de televisión (ya sabéis que soy seriéfilo empedernido) casi se ha puesto de moda dotar a los secundarios de una riqueza que hace unos años los guionistas no se planteaba. Muchos secundarios eran, prácticamente, figurantes. Pero eso ha cambiado: pensemos en todo el elenco del universo de los Soprano: la familia de Tony (me interesa mucho el hijo abúlico y trolero de Tony Soprano, A.J.), Corrado, Paulie, Sil (qué grande es este personaje). Siento empatía por los secundarios que, muchas veces, me resultan más admirables que los protas. Por ejemplo, Amy Farrah Fawler, la “novia” de Sheldon en The Big Bang Theory. O Astrid, la agente del FBI que cuida de Walter en Fringe. Y sí, todos hemos fantaseado con ser House de vez en cuando, pero ¿no creéis que el doctor Chase es un personaje con muchas aristas, más complejo de lo que aparenta? 



jueves, 17 de octubre de 2013

La sirena de la plaza



No soy de este barrio, pero los días de luna llena suelo darme una vuelta por la Plaza del Oeste. Si te colocas frente a la luna, su reflejo en el pavimento consigue que la plaza parezca un mar en calma. Muy de vez en cuando pasa algún coche a deshoras, y miles de peces de colores saltan a las aceras. Dicen que si miras fijamente, en el fondo puedes ver a la sirena de la plaza. Ayer salió de las aguas, hermosa, y me agarró del brazo. “Son 20 euros”, me dijo con su pelo de algas.

lunes, 14 de octubre de 2013

Cuando te tapas los ojos

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Untitled by Adam Skonecki


¿Has probado alguna vez a taparte los ojos en la calle? Inténtalo. Siéntate en un banco del parque, a la salida de unos grandes almacenes, en el metro (el autobús o el tren). Deja que actúen el resto de los sentidos: permite a los sonidos crear formas en tu cabeza, huele lo que “se cuece” en esa plaza, pon tu mano sobre la superficie rugosa de un edificio que has visto millones de veces, que sabes de qué color es, cuántas puertas tiene, pero que jamás se te ha ocurrido tocarlo.
Para un escritor la vista es primordial. Necesita recrear para los demás una escena, un paisaje, las reacciones de un personaje. Pero a veces se nos olvida que el resto de los sentidos son tanto o más sugerentes que la vista. Que nuestros recuerdos no están hechos solo de imágenes. 
Os dejo un texto que escribí hace unos años y que se publicó en un volumen de relatos cortos de la Escuela de escritores. El protagonista tiene todo el tiempo los ojos cerrados y potencia el resto de los sentidos

Ruth
"Noto que Ruth se mueve en la cama y me despierto. No necesito abrir los ojos para saber que se marcha. Escucho cómo sube la cremallera de su pantalón, la misma por la que unas horas antes deslizaba mis manos. Ahora, en silencio, caigo en la cuenta de lo excitante de ese sonido: me suena a fruta fresca crujiendo en su boca, y todo lo que me recuerda a su boca me excita. Después se abrocha la blusa perdiendo sus dedos entre los ojales, como tejiendo una coraza de seda. Si me esfuerzo, puedo oír las chispas de electricidad estática que saltan de la tela de la camisa, como luciérnagas en fiesta. Bebe un poquito de agua del vaso que por la noche deja en la mesilla. Siempre lo hace. 
Qué estará haciendo en este instante; no escucho nada. Un golpe seco contra el suelo aviva mi imaginación: creo que se le ha caído el reloj cuando intentaba ponérselo a oscuras. No es muy hábil con las manos. Tiene unas manos grandes, casi de campesina, que maneja con torpeza honesta. Su tacto es algo rugoso, pero no duele. Cuando me toca es como si me recorriera el cuerpo con las púas flexibles de un peine. Me hace cosquillas en la piel. Otro silencio. Su respiración se agita un poquito. Seguro que me está mirando para descubrir si el ruido me ha despertado. El ritual termina con unas gotas de perfume. Siempre le digo que huele a flores y a hierba recién cortada. 
Siento que soy una cometa mecida por un viento suave, atada a su mano poderosa. Y miro a Ruth desde el cielo, y noto que se me llena el pecho de aire, y respiro su olor a hierba, y pienso otra vez en su boca, y en el sonido de la cremallera de su pantalón, y en las chispas de electricidad estática de su blusa. 
Ya se marcha. Me revuelvo en la cama y emito un gemido tenue, como de sueño placentero, para llamar su atención. Ella se queda quieta y, aunque no lo veo, sé que sonríe. Las primeras veces no soportaba la separación; siempre pensaba que no iba a volver. Habíamos iniciado una relación sin cadenas ni pasados; sin prisas ni pausas; sin amigos ni cenas para cuatro. Nos bastamos Ruth y yo. Todavía hoy siento en el estómago un pinchazo agudo y el vértigo de hacer equilibrismo en un alambre, quizá herencia de otras relaciones que terminaron sin más. Y no me quedo tranquilo hasta que reconozco el rotulador arañando la nota que me deja todos los días, sin fallar ni uno. “Te quiero”. “Vuelvo pronto”. “Voy a echarte de menos”. “Qué guapo estás cuando duermes”… 
Me da un beso en la frente y deja sus deseos de papel sobre la mesilla. Cierra la puerta con cuidado, y me invaden el sopor y la calma. Me doy la vuelta y abrazo su almohada. Hoy no voy a trabajar."

jueves, 10 de octubre de 2013

Niños raros

Solo el título del libro que quiero recomendaros es más que sugerente: Niños raros. Esta colección de 27 niños y niñas peculiares es una delicia que merece muy mucho la pena. La niña búho, el niño inverso, el niño cacto, el niño gamusino (este es el favorito de mis hijos), la niña jirafa, la niña humo, la niña espuma y otros pequeños experimentos de letras y dibujos son parte de este libro, muy bien editado por SM.  

Conozco (y admiro) a los autores hace muchos años, pero después de leer y releer los maravillosos textos que van de la mano de los no menos maravillosos dibujos de Tomás Hijo siento una insana envidia de la imaginación deliciosamente enfermiza de Raúl Vacas, poeta nada maldito. Raúl es un mago de las palabras. Y no es una expresión hecha ni tampoco algo metafórico. No solo domina todos los palos modernos y clásicos de la poesía (décimas, espinelas, romances o sonetos, por citar algunos), sino que además es capaz de adaptarlos a los lectores más “raros” y exigentes que existen y existirán jamás: niños y niñas. Raúl enseña al público su colección de poemas, se los cambia de mano, le seguimos con la mirada por un camino que parece el más recto para, después, y sin apenas darnos cuenta, se saca un koala de la chistera, un gamusino de la manga o un alga de un calcetín. 

Las ilustraciones del libro son de Tomás Hijo, dibujante alebrado y atormentado. Y es que este libro no se entiende sin sus dibujos. Los más pequeños disfrutan tanto de las poesías como de la sombra de un niño en un banco del parque, el cacto con un globo en la mano (ay, Tomás, cómo te ha gustado siempre el drama, la bomba a punto de estallar) o la niña urgente, mimetizada con un buzón de correos

Ahora que termino de hablaros de estos Niños raros, creo que estoy sufriendo algún tipo de extraña e indeseada transformación.

lunes, 7 de octubre de 2013

Escenas de cine mudo



Hace unos días alguien colgó en Facebook una fotografía de grupo en la que aparecía yo. Era una imagen del colegio, probablemente de 5º de E.G.B (sí, soy de la E.G.B., ¡ains!) más o menos del Paleolítico inferior. Una vez superado el trámite de encontrarme en esa fotografía y de tratar de reconocer al mayor número posible de compañeros (en esos momentos el colegio no era mixto), me asaltaron dos pensamientos inmediatos relacionados con la literatura y pensé: “Esto tengo que contarlo en el blog”. 



La primera referencia que me vino a la memoria fue El pequeño Nicolás, esa maravillosa serie de libros escrita por Goscinny (sí, el de Astérix y Obélix) e ilustrados por Sempé. En esos libros Nicolás, un niño de 7 u 8 años, contaba en primera persona las ingenuas pero divertidas peripecias de un niño travieso en el colegio. Una de ellas la recuerdo con nitidez: el día que un fotógrafo fue al colegio y trató de hacer una fotografía de grupo



Si mi primera referencia era de la niñez (El pequeño Nicolás lo leí siendo un crío)  la segunda pertenece a mi vida adulta. Se trata de Escenas de cine mudo, de Julio Llamazares. He de decir que el caso de este escritor es, desde mi punto de vista, bastante curioso. Creo que ha escrito una de las obras más bellas de la literatura contemporánea en español (La lluvia amarilla) y algunos buenos libros en su primera época como narrador (Luna de lobos, por ejemplo). Es de las pocas personas de las que guardo un autógrafo (no soy nada fetichista). Sin embargo, a partir de un determinado momento de su vida, Llamazares “se seca”, pierde la magia, se acabó, finito. Sí, sigue escribiendo con honestidad, eso no lo discuto, pero se le apagó la luz que tuvo en sus orígenes. 

Bien, pues en Escenas de cine mudo Llamazares hace un ejercicio narrativo muy interesante y atractivo para mí: abre una caja con fotografías de su infancia y juventud y cuenta la historia que hay detrás de ellas. Es difícil precisar qué hace él (qué hacemos todos) con nuestro pasado cuando lo reconstruimos. Muy probablemente adornemos un instante de nuestras vidas con detalles que jamás sucedieron, que retorzamos la historia, quizá involuntariamente, para hacerla más atractiva, más fácil de enlatar y recuperar en una comida con amigos. No me importa demasiado si el resultado es, al menos, tan bello como el de Escenas de cine mudo.

jueves, 3 de octubre de 2013

Un escritor es un mirón

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Le Voyeur by Victor Alexandre


Un escritor es un mirón. Eso es así. TIENE que ser así. Una persona que escribe está obligada a observar a los otros. Tiene que tener en la retina (y en la memoria) un rimero de gestos, de reacciones, de tonos de voz. Escritoras y escritores son, por naturaleza, fisgones, indiscretos, entrometidos. Miran a ese chico que se mesa el cabello sentado en unas escaleras; olisquean en la discusión de una madre con su hija; meten las narices en una puerta entreabierta para ver qué se cuece dentro. No queda otra.
No, queridas lectoras, queridos lectores. No me malinterpreteis. No hablo de ser un chismoso; tampoco un voyeur en el sentido sexual del término… Hablo de que nuestro campo de estudio es la vida diaria, de que bebemos de los espacios, los tiempos y los personajes del teatro vital. Y los cogemos, los tamizamos, los retorcemos, los hacemos nuestros, y hasta le damos una vuelta de tuerca…
Algo así hago en el relato Pájaros. Un ornitólogo que observa a las aves comienza a observar también a los vecinos. Hasta que lo descubren. Y entonces, en ese instante, en ese preciso momento, Miguel de la Mota descubre que, sin esperarlo, pasa él a ser el observado.