lunes, 14 de octubre de 2013

Cuando te tapas los ojos

Untitled by Adam Skonecki on 500px.com
Untitled by Adam Skonecki


¿Has probado alguna vez a taparte los ojos en la calle? Inténtalo. Siéntate en un banco del parque, a la salida de unos grandes almacenes, en el metro (el autobús o el tren). Deja que actúen el resto de los sentidos: permite a los sonidos crear formas en tu cabeza, huele lo que “se cuece” en esa plaza, pon tu mano sobre la superficie rugosa de un edificio que has visto millones de veces, que sabes de qué color es, cuántas puertas tiene, pero que jamás se te ha ocurrido tocarlo.
Para un escritor la vista es primordial. Necesita recrear para los demás una escena, un paisaje, las reacciones de un personaje. Pero a veces se nos olvida que el resto de los sentidos son tanto o más sugerentes que la vista. Que nuestros recuerdos no están hechos solo de imágenes. 
Os dejo un texto que escribí hace unos años y que se publicó en un volumen de relatos cortos de la Escuela de escritores. El protagonista tiene todo el tiempo los ojos cerrados y potencia el resto de los sentidos

Ruth
"Noto que Ruth se mueve en la cama y me despierto. No necesito abrir los ojos para saber que se marcha. Escucho cómo sube la cremallera de su pantalón, la misma por la que unas horas antes deslizaba mis manos. Ahora, en silencio, caigo en la cuenta de lo excitante de ese sonido: me suena a fruta fresca crujiendo en su boca, y todo lo que me recuerda a su boca me excita. Después se abrocha la blusa perdiendo sus dedos entre los ojales, como tejiendo una coraza de seda. Si me esfuerzo, puedo oír las chispas de electricidad estática que saltan de la tela de la camisa, como luciérnagas en fiesta. Bebe un poquito de agua del vaso que por la noche deja en la mesilla. Siempre lo hace. 
Qué estará haciendo en este instante; no escucho nada. Un golpe seco contra el suelo aviva mi imaginación: creo que se le ha caído el reloj cuando intentaba ponérselo a oscuras. No es muy hábil con las manos. Tiene unas manos grandes, casi de campesina, que maneja con torpeza honesta. Su tacto es algo rugoso, pero no duele. Cuando me toca es como si me recorriera el cuerpo con las púas flexibles de un peine. Me hace cosquillas en la piel. Otro silencio. Su respiración se agita un poquito. Seguro que me está mirando para descubrir si el ruido me ha despertado. El ritual termina con unas gotas de perfume. Siempre le digo que huele a flores y a hierba recién cortada. 
Siento que soy una cometa mecida por un viento suave, atada a su mano poderosa. Y miro a Ruth desde el cielo, y noto que se me llena el pecho de aire, y respiro su olor a hierba, y pienso otra vez en su boca, y en el sonido de la cremallera de su pantalón, y en las chispas de electricidad estática de su blusa. 
Ya se marcha. Me revuelvo en la cama y emito un gemido tenue, como de sueño placentero, para llamar su atención. Ella se queda quieta y, aunque no lo veo, sé que sonríe. Las primeras veces no soportaba la separación; siempre pensaba que no iba a volver. Habíamos iniciado una relación sin cadenas ni pasados; sin prisas ni pausas; sin amigos ni cenas para cuatro. Nos bastamos Ruth y yo. Todavía hoy siento en el estómago un pinchazo agudo y el vértigo de hacer equilibrismo en un alambre, quizá herencia de otras relaciones que terminaron sin más. Y no me quedo tranquilo hasta que reconozco el rotulador arañando la nota que me deja todos los días, sin fallar ni uno. “Te quiero”. “Vuelvo pronto”. “Voy a echarte de menos”. “Qué guapo estás cuando duermes”… 
Me da un beso en la frente y deja sus deseos de papel sobre la mesilla. Cierra la puerta con cuidado, y me invaden el sopor y la calma. Me doy la vuelta y abrazo su almohada. Hoy no voy a trabajar."

No hay comentarios: