lunes, 7 de octubre de 2013

Escenas de cine mudo



Hace unos días alguien colgó en Facebook una fotografía de grupo en la que aparecía yo. Era una imagen del colegio, probablemente de 5º de E.G.B (sí, soy de la E.G.B., ¡ains!) más o menos del Paleolítico inferior. Una vez superado el trámite de encontrarme en esa fotografía y de tratar de reconocer al mayor número posible de compañeros (en esos momentos el colegio no era mixto), me asaltaron dos pensamientos inmediatos relacionados con la literatura y pensé: “Esto tengo que contarlo en el blog”. 



La primera referencia que me vino a la memoria fue El pequeño Nicolás, esa maravillosa serie de libros escrita por Goscinny (sí, el de Astérix y Obélix) e ilustrados por Sempé. En esos libros Nicolás, un niño de 7 u 8 años, contaba en primera persona las ingenuas pero divertidas peripecias de un niño travieso en el colegio. Una de ellas la recuerdo con nitidez: el día que un fotógrafo fue al colegio y trató de hacer una fotografía de grupo



Si mi primera referencia era de la niñez (El pequeño Nicolás lo leí siendo un crío)  la segunda pertenece a mi vida adulta. Se trata de Escenas de cine mudo, de Julio Llamazares. He de decir que el caso de este escritor es, desde mi punto de vista, bastante curioso. Creo que ha escrito una de las obras más bellas de la literatura contemporánea en español (La lluvia amarilla) y algunos buenos libros en su primera época como narrador (Luna de lobos, por ejemplo). Es de las pocas personas de las que guardo un autógrafo (no soy nada fetichista). Sin embargo, a partir de un determinado momento de su vida, Llamazares “se seca”, pierde la magia, se acabó, finito. Sí, sigue escribiendo con honestidad, eso no lo discuto, pero se le apagó la luz que tuvo en sus orígenes. 

Bien, pues en Escenas de cine mudo Llamazares hace un ejercicio narrativo muy interesante y atractivo para mí: abre una caja con fotografías de su infancia y juventud y cuenta la historia que hay detrás de ellas. Es difícil precisar qué hace él (qué hacemos todos) con nuestro pasado cuando lo reconstruimos. Muy probablemente adornemos un instante de nuestras vidas con detalles que jamás sucedieron, que retorzamos la historia, quizá involuntariamente, para hacerla más atractiva, más fácil de enlatar y recuperar en una comida con amigos. No me importa demasiado si el resultado es, al menos, tan bello como el de Escenas de cine mudo.

8 comentarios:

@pacobocero dijo...

¿Y si la historia se resiste a ser ella misma? ¿Y si necesita crecer y buscar su sitio entre tantas otras que antes hicieron lo mismo?
¿Y si te condena a ser un simple contador de todo aquello que te dicta porque así lo quiere?
Siempre son ellas y más lo son aún cada vez que las llamas.

Juan F. Plaza dijo...

Las historias, como bien sabes, Paco, tienen vida propia (y varias cabezas). ¡Gracias por pasarte por el blog!

@pacobocero dijo...

A veces, no tienen vida propia porque no las dejan. Depende de las cabezas.

Cristina R. dijo...

efectivamente nunca traducimos las historias de nuestro pasado tal y como fue. Nuestra mente tiende a modificarlas a su antojo y aún sabiendo que no fue de ese modo, seguimos con la "historia", la cual nosotros mismos nos creemos. ¿Por qué lo hacemos? Como bien dices Juan, nos gusta decorarla porque para eso es nuestra historia y para eso tenemos una imaginación ilimitada.
Muy interesante este blog. Enhorabuena Juan F.

Juan F. Plaza dijo...

Tienes mucha razón, Cristina. Nos reinventamos un poco cada día construyendo un pasado ¿"adornado"? ¡Gracias por pasarte!

Anónimo dijo...

Pues mis recuerdos están empaquetados en la mochila que usaba en 8º de la E.G.B. (sí, yo también pertenezco a ese clan), en la que aún conservo cientos de cartas que recibí en el paso de mi infancia a la adolescencia, y a través de las cuales soy capaz de revivir momentos, sensaciones y pensamientos ("edulcorados", cómo no)que de otra forma hubieran quedado relegados inexorablemente al olvido. Enhorabuena por el blog, Juan.
Gloria

Juan F. Plaza dijo...

No te lo creerás, Gloria, pero yo tengo una bolsa llena de cartas de mi adolescencia. ¡Muchas gracias por pasarte!

Cristina dijo...

Si puede que sea un pasado "adornado". Si bien, es nuestro pasado y el que llevaremos con nosotros hasta el fin.
Gloria yo también tengo cartas de la infancia! Incluso las agendas del cole con colorines, dibujos, frases y alguna que otra aventura apuntada... que recuerdos! Es cierto que sin esos restos materiales sería difícil recordar.