lunes, 2 de diciembre de 2013

El miedo al folio en blanco



Lo de encontrarse cara a cara con el folio en blanco no es miedo… es terror
Seguro que os ha pasado alguna vez. Ya sabéis: os sentáis delante del ordenador y tratáis de encontrar un hilo del que tirar. Si tienes alguna idea previa, estupendo, es un comienzo, pero si empiezas el viaje creador sin nada… Es el fin. Ves pasar los minutos, las horas, y has apuntado algunas cosas que rechazas sistemáticamente: “muy manido”, “demasiado complejo”, “demasiado simple”, “poco concreto”, “no, esto no es lo que busco”, “¿pero esto no es una peli?, “hoy no estoy inspirado”…
En mi caso (y en el de otros muchos), el tiempo para escribir (la ausencia de él, más bien) es un grave problema. El común de los mortales no somos escritores de profesión: tenemos que trabajar, atender a una familia, a los amigos… Por eso es especialmente traumático el tiempo que ¿perdemos? delante de la pantalla, esperando que aparezca el chispazo que nos lleve a un relato o, al menos, que nos conduzca a montar el andamiaje endeble en el que, poco a poco, construiremos nuestra historia.
Por eso, por la falta de tiempo, no suelo sentarme a escribir si no he rumiado antes alguna idea. Suelo contar que la ducha, el tiempo del afeitado (cuánto me aburre, por cierto) o cuando salgo a correr son los momentos en los que mi cabeza va buscando esa idea que luego podré trabajar.
Me han preguntado últimamente en las presentaciones de Hoy no puedo en Sevilla y Salamanca que de dónde surgen mis ideas, que si tienen que ver con cosas que me han sucedido en la vida corporal (me niego a llamarla vida real). La verdad es que no, normalmente no. ¿Queréis que os cuente cómo surgieron los siete relatos de Hoy no puedo? No destrozaré ninguno, prometido.
Vale, pues comienzo hoy la serie que iré avanzando en este blog. Empecemos por el primero: “El miedo no existe”.
Primero vino el título (a veces pasa). Mi querida Laura Ochoa (la que ha hecho la portada) tiene un blog que se llama “Los monstruos no existen”. La relación entre los títulos es obvia. Yo estaba obsesionado con hablar sobre el miedo, pero necesitaba aterrizar en algo concreto. Curiosamente, a la hora de escribir este relato tenía muy, muy claro dónde quería situarlo (esto no es lo habitual): en una casa rural que se parece mucho a una que visité hace tiempo en un lugar precioso de Galicia, en plenos cañones del Sil. Ya tenemos dos ingredientes: el qué y el dónde. También tenía claro que quería que el “quién”, la protagonista, fuese una mujer, una mujer valiente, sin miedo a nada (los cuentos populares ya han hablado durante siglos de hombres valerosos… cambiemos los papeles, ¿no?). Pues con esos elementos (no cuento más) surgió “El miedo no existe”.
¿Ya lo habéis leído? ¿Os ha gustado? ¡Contadnos!
P.D.: Mola el vídeo que he puesto arriba. Reproducidlo, ya veréis.

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