domingo, 23 de febrero de 2014

Dedicado a las cajeras del supermercado: “Acuda a su caja”

Ahora que muchas personas me han dicho que ya han leído Hoy no puedo, me apetece comentar algunos aspectos de los relatos del libro. Al menos creo que es interesante poder compartir aquí con todos vosotros de dónde surgieron algunas ideas y qué intención tenía yo al escribirlo. SI AÚN NO HABÉIS LEIDO ESTE RELATO (Acuda a su caja) ES MEJOR QUE NO SIGÁIS LEYENDO ESTA ENTRADA. Si lo habéis leído, os invito a participar con vuestros comentarios.


Photograph The cashier by Luis Zafra on 500px
The cashier by Luis Zafra on 500px

Soy obsesivo. No lo voy a ocultar. Soy obsesivo. No sé si más o menos que otras personas, pero lo soy. Soy obsesivo. Supongo que la literatura es muchas veces una terapia, o una confidencia o, a lo mejor, una obsesión añadida al catálogo de obsesiones.

Este relato, Acuda a su caja, responde, al menos, a dos de ellas. La primera es obvia: las cajeras. No me malinterpretéis: no es un tema fetichista (soy muy poco fetichista) sino, más bien, algo metafórico. Porque una cajera, como concepto, está llena de contradicciones. Tiene un poder simbólico (como dice Ismael Serrano en su canción, las cajeras son reinas del súper) y a la vez es tan frágil, tan “último eslabón de la cadena”, tan sujeta a los caprichos de los clientes… Una cajera tiene, además, un universo propio de gestos, términos y movimientos.

Photograph Explosion in my hands by Lara Zanarini on 500px
Explosion in my hands by Lara Zanarini on 500px

La otra obsesión que aparece en el relato son las manos. Me obsesionan las manos de la gente. Hay personas que se fijan en los ojos de los demás, o en su pelo, o en su cuerpo… A mí me gustan las manos. Este es un fragmento del relato que lo explica muy bien:
"Las manos son reveladoras. Cuentan historias de la gente. Con un poco de práctica se puede averiguar la profesión de una persona por sus manos. Al principio nos fijamos en lo evidente: manos callosas para los albañiles; uñas y yemas oscuras para los mecánicos. Pero con el tiempo uno va poniendo su atención en los detalles, en las sutilezas. Por ejemplo, es fácil adivinar que alguien es médico o enfermero si se rasca continuamente las manos o tiene las palmas enrojecidas".
En la historia de Acuda a su caja (el cuarto relato en Hoy no puedo, pero el último que escribí y el único de los siete escrito en Sevilla) me enfrentaba a la dificultad de mezclar con la mayor habilidad posibles mis dos obsesiones: las cajeras y las manos. Además, la cosa se complica con la presencia de una cajera ciega (Noelia). La otra protagonista, Pepi Bartolomé es, desde mi punto de vista, un personaje muy potente y un gran contrapunto al personaje masculino. Pepi es resuelta, sencilla y muy, muy “cajera”. Tuve que dar muchas vueltas a la construcción del personaje para que fueran sus gestos y sus palabras los que la definieran, para alejarme de cualquier tentación de calificarla.


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lunes, 17 de febrero de 2014

Dispara con esa pistola

S&W 686 by Thomas Wozak on 500px.com
S&W 686 by Thomas Wozak

Una de las anécdotas/enseñanzas más repetidas en el mundo de la escritura (entendida en sentido amplio: escritura literaria, de guion de cine o televisión…) es la conocida como “la pistola de Chéjov”. Se explica de una manera sencilla: Chéjov decía, refiriéndose al teatro, que si en el primer acto aparecía una pistola colgada en la pared, alguien debería hacer fuego con esa pistola en el último acto. El escritor ruso pretendía advertir sobre dos asuntos complementarios: 

En primer lugar, y esto es desde mi punto de vista lo más importante, que nada de lo que aparece en nuestros textos debe ser gratuito, mero adorno, relleno del malo. Yo suelo explicárselo a mis alumnos con un ejemplo culinario: un texto (un relato, una novela, un guion…) es un puchero, y todo lo que añadimos al puchero ha de servir para lograr el sabor excelso del plato final. Y cualquier condimento vale… en su justa medida. Así, las hierbas al pollo le van fenomenal, pero no podemos excedernos de hierbas o arruinaremos el pollo. Hagamos ahora un símil deportivo: un texto es un equipo, por lo que todos sus “jugadores” (entiéndase, todos los recursos del texto) han de jugar en favor del equipo. Nada ha de ser gratuito.

En segundo lugar, “la pistola de Chéjov” se puede entender como un medio para resolver una trama o una situación concreta del texto. Es una especie de cebo para los lectores que, claro está, implica premeditación por parte del que escribe. En un momento de la narración “enseñamos” un elemento (la pistola) que varias páginas después, quizá al final de nuestro relato, será trascendente en la historia. Habrá que hacerlo con la suficiente sutileza para que nuestras lectoras y nuestros lectores aten cabos, relacionen lo que vieron (leyeron) en su momento con lo que sucede después (si quieres ver ejemplos cinematográficos de “la pistola de Chéjov”, te recomiendo este artículo de Diego Cuevas en Jotdown). Este señuelo narrativo sirve, en parte, para evitar el odioso “y todo era un sueño” (¿recordáis el final de Los Serrano?, ¿ejecutarían a esos guionistas?) o la aparición mágica de algo o alguien que resuelve la historia, pero que no había tenido hasta entonces ninguna trascendencia o, peor aún, ni siquiera había aparecido.

¿Tenéis ejemplos literarios o cinéfilos? ¡Compartidlos en vuestros comentarios! 

domingo, 9 de febrero de 2014

La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad sobre “Hoy no puedo”

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Chaos by Marcus Schubert

Ahora que muchas personas me han dicho que ya han leído Hoy no puedo, me apetece comentar algunos aspectos de los relatos del libro. Al menos creo que es interesante poder compartir aquí con todos vosotros de dónde surgieron algunas ideas y qué intención tenía yo al escribirlo. SI AÚN NO HABÉIS LEIDO ESTE RELATO (Hoy no puedo) ES MEJOR QUE NO SIGÁIS LEYENDO ESTA ENTRADA. Si lo habéis leído, os invito a participar con vuestros comentarios.

Creo que nunca le he contado a nadie cómo surgió la idea de Hoy no puedo, el relato que da nombre a todo el libro. Así como en otros relatos la chispa se encendió con el recuerdo de un lugar o con el peso de algún personaje, en este el proceso creativo nació con algunas “imposiciones” previas, por llamarlo de alguna forma.

La primera imposición (autoimposición, realmente) era el título. Cuando aún no tenía ni idea sobre qué iba a escribir, lo único que tenía claro era que debía titularse así. Hace tiempo inicié un blog de micros con ese nombre y el dominio en Internet ya era mío, así que me pareció una coincidencia bonita (además de un título muy sonoro). 

La segunda condición era que el relato debía ser casi en su totalidad un diálogo. Me fascinan los diálogos. También me aterran. Creo que es una de las cosas más difíciles de escribir. Que sean pertinentes, que suenen naturales, que digan cosas de los personajes sin hacerlas necesariamente explícitas… Un ejemplo de un excelente diálogo es el cuento de Salinger titulado “Un día perfecto para el pez plátano”. Es un prodigio de técnica: nos da información relevante, nos muestra cómo son los personajes (los caracteriza), incluso aporta a los lectores y lectoras antecedentes de la historia que se narra a través del diálogo. Yo quería intentarlo, quería hacer algo así.

Con estas dos premisas me faltaba pensar en un pequeño detalle “sin importancia”: la historia

Sabéis (lo he contado en alguna ocasión) que en todos los relatos del libro, aun siendo independientes entre sí, hay una señal o un mensaje. Se me ocurrió que aquí podría desarrollar un enredo de parejas con dos “ex” que se liaban, y que en ese lío Irma le pide a Sergio que confiesen su infidelidad. Él, después de una noche con ella, le deja una nota en la nevera que dice “hoy no puedo” (“hoy no puedo contarle a nuestros respectivos que estamos liados”, quiere decir). Esa nota en la nevera es el detonante de las diferentes conversaciones telefónicas que desarrollan la historia a través de los diálogos

Las insinuaciones de Irma (no digáis que no mola el rollito de seducción telefónica), las dudas de Sergio, las personalidades de sus respectivas parejas (Javier y Mabel) se hacen patentes (o al menos eso pretendí) en los diálogos del relato.

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