lunes, 17 de febrero de 2014

Dispara con esa pistola

S&W 686 by Thomas Wozak on 500px.com
S&W 686 by Thomas Wozak

Una de las anécdotas/enseñanzas más repetidas en el mundo de la escritura (entendida en sentido amplio: escritura literaria, de guion de cine o televisión…) es la conocida como “la pistola de Chéjov”. Se explica de una manera sencilla: Chéjov decía, refiriéndose al teatro, que si en el primer acto aparecía una pistola colgada en la pared, alguien debería hacer fuego con esa pistola en el último acto. El escritor ruso pretendía advertir sobre dos asuntos complementarios: 

En primer lugar, y esto es desde mi punto de vista lo más importante, que nada de lo que aparece en nuestros textos debe ser gratuito, mero adorno, relleno del malo. Yo suelo explicárselo a mis alumnos con un ejemplo culinario: un texto (un relato, una novela, un guion…) es un puchero, y todo lo que añadimos al puchero ha de servir para lograr el sabor excelso del plato final. Y cualquier condimento vale… en su justa medida. Así, las hierbas al pollo le van fenomenal, pero no podemos excedernos de hierbas o arruinaremos el pollo. Hagamos ahora un símil deportivo: un texto es un equipo, por lo que todos sus “jugadores” (entiéndase, todos los recursos del texto) han de jugar en favor del equipo. Nada ha de ser gratuito.

En segundo lugar, “la pistola de Chéjov” se puede entender como un medio para resolver una trama o una situación concreta del texto. Es una especie de cebo para los lectores que, claro está, implica premeditación por parte del que escribe. En un momento de la narración “enseñamos” un elemento (la pistola) que varias páginas después, quizá al final de nuestro relato, será trascendente en la historia. Habrá que hacerlo con la suficiente sutileza para que nuestras lectoras y nuestros lectores aten cabos, relacionen lo que vieron (leyeron) en su momento con lo que sucede después (si quieres ver ejemplos cinematográficos de “la pistola de Chéjov”, te recomiendo este artículo de Diego Cuevas en Jotdown). Este señuelo narrativo sirve, en parte, para evitar el odioso “y todo era un sueño” (¿recordáis el final de Los Serrano?, ¿ejecutarían a esos guionistas?) o la aparición mágica de algo o alguien que resuelve la historia, pero que no había tenido hasta entonces ninguna trascendencia o, peor aún, ni siquiera había aparecido.

¿Tenéis ejemplos literarios o cinéfilos? ¡Compartidlos en vuestros comentarios! 

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