lunes, 28 de abril de 2014

¿Necesitas un entrenador para ligar?


Hay que reconocerlo: los americanos son geniales (casi siempre). Y, desde luego, Nueva York es el centro neurálgico de la creatividad relacional y social (me acabo de inventar estos términos, sí, lo sé). Fueron ellos los que tramaron todo el rollo del metrosexual en los 90. ¿Recordáis?: Beckham era el icono de la metrosexualidad. Fue una agencia de publicidad, junto con una empresa de cazatalentos, los que pasaron “duras jornadas de trabajo” en la noche neoyorquina para encontrar nuevas tendencias personales y construir así lo que fue un hito en el modelo de masculinidad occidental.

Pues bien. Me encuentro ahora con una información sobre un negocio en alza: entrenadores (coaches) que imparten cursos de perfeccionamiento para ligar. ¡Toma ya! “La gente piensa que el amor llega, pero no es así. Es una habilidad. Mucha gente trabaja mucho pero no dedica tiempo a las citas. Y las citas son un músculo que hay que entrenar”, dice Arthur Malov, experto asesor para las citas de New York Dating Coach. Esta agencia ofrece entrenadores personales a solteros para, son palabras textuales, “conocer mujeres de calidad”. OMG.

Y esto no acaba aquí. Existen agencias, casi todas ellas a través de Internet, para cristianos, islámicos, homosexuales, heterosexuales, incluso se organizan encuentros para millonarios (lo cuenta aquí el diario 20 minutos). ¿Que no tienes tiempo para pensar en citas? No hay problema: algunas empresas están especializadas en speed dating, citas rápidas para gente ocupada.


Por supuesto, el amor ha llegado también a las redes sociales. OkCupid es una red social para encontrar pareja. No hay más que completar los datos personales, la orientación sexual y las intenciones de cada uno (encontrar pareja o solo amistad). 

De aquí sale un relato, fijo, ¿no creéis?

miércoles, 23 de abril de 2014

El comienzo de "Pájaros"

Para conmemorar el Día del Libro, desde hoy y hasta el 23 de abril podrás leer en el blog de Hoy no puedo el comienzo de cada uno de los siete relatos que incluye el libro. ¡Que los disfrutes! Y si quieres regalarlo, haz clic aquí

Metí la carta entre la revista Pájaros y el último número de Aviornis y miré de soslayo a Cristina para asegurarme de que no se había percatado de mi hábil —eso pensaba yo— maniobra. Si lo fue o no, no lo sé, pero en cualquier caso Cristina no hizo ningún gesto sospechoso. Solo movía las manos en círculos imperfectos y hablaba sin parar, subiendo y bajando alternativamente el tono de su voz, mientras me explicaba algo sobre la nueva asistenta que habíamos contratado. Se detuvo a tomar aire y, tras una pausa, empezó de nuevo, esta vez con el colegio de nuestro hijo y su tutora, la señorita Romualda o Isolina o algo así. Yo admiraba la fotografía de portada de un precioso alcaudón común, con su pico ganchudo y su cresta gris pardo. El trayecto por las escaleras del garaje hasta la entrada de la casa se me hizo eterno.

—Tiene problemas, ¿sabes? —dijo preocupada.

—¿Quién? —respondí sin alzar la mirada de la revista, tratando de disimular mi impaciencia por entrar en casa.

—Pues tu hijo, coño, Miguel —y me levantó la cabeza empujando un poco mi barbilla—. Quién va a ser si no. 

  Cuando llegamos, me sentí aliviado. Abrí la puerta y me fui corriendo al cuarto de baño. Cerré el pestillo, me senté en la tapa del inodoro y abrí el sobre.  

—¿Estás bien? —preguntó Cristina. 

—Sí, cariño. Creo que he cogido algo de frío —mentí. 

Era un sobre pequeño, blanco nacarado, sin dirección, ni remite ni franqueo. Solo mi nombre en el anverso, Miguel, escrito a mano, con bolígrafo azul común, y un pájaro dibujado en la esquina inferior derecha con el mismo bolígrafo.

He de reconocer que al principio me asusté. Allí, junto al buzón, miré a todos los lados, en un gesto algo estúpido, esperando vanamente encontrar a la persona que dejó el sobre, como si fuera a estar esperando al otro lado de la calle con las manos en el bolsillo a que yo recogiera la correspondencia. Cristina llamaba con insistencia a la puerta del baño, preocupada por mi salud. A pesar de haber entrado en el otoño sudaba a borbotones, así que me deshice el nudo de la corbata y le pedí a Cristina algo de intimidad. Introduje mi dedo índice entre los pliegues del sobre y los deslicé de izquierda a derecha. Dentro, una cinta de papel común, torpemente cortado, con los bordes irregulares, imprecisos, con forma de sierra. Una nota escrita a mano decía: “Te vigilo”. La letra era redonda, grande y clara, casi de cuaderno de caligrafía. La ‘o’ estaba rematada con un trazo que se parecía al lazo de un regalo. Me sobrevino una súbita emoción, una inquietud que, lejos de azorarme, provocó en mí el nerviosismo de un chiquillo que se enfrenta a algo que no es capaz de dimensionar y menos aún de controlar, aunque reconozco que esa sensación de saberte observado por alguien, de saber que cualquiera puede controlar tus movimientos, me generaba una cierta desazón, más por ser una sensación desconocida que por ser algo molesto. Yo, que siempre había sido el vigilante, siempre ojo avizor para ver lo que nadie ve, para descubrir un nido diminuto bajo un tejado, un polluelo suplicante en una rama, un vuelo rasante de una especie en extinción. Imagino a mi observador, agazapado, con unos binoculares de siete o diez aumentos si es que vigila de cerca; o quizá, si se parapeta en la lejanía, con un telescopio terrestre, un Kowa de precisión. Yo para los pájaros uso un Dachstein, perfecto para observar desde mi ventana o para llevar a mis viajes y mantenerme muy quieto, en una selva tropical o en una sabana, escudriñando entre las árboles para distinguir un nictibio gris, que se pasa las horas muertas apoyado en una rama, confundiéndose con la corteza. Es un pájaro nocturno que durante el día se mantiene erguido, parado, simulando ser una protuberancia o una rama rota, tratando, como yo, de pasar desapercibido para los demás. 

Alguien jugaba a ser Dios. 


Primero pensé en algún colega de la Sociedad de Ornitología porque, aunque no tenía enemigos declarados, el éxito profesional se paga casi siempre con puñaladas traperas o con venganzas inesperadas. Pero no me imaginaba a Casinella o a Martí, tan melifluos ellos, emborrachándose una noche en cualquier tasca y urdiendo una conspiración judeomasónica ornitológica. Ni siquiera a los más jóvenes y ambiciosos: Ruipérez, Manglar y Sánchez, los últimos en llegar a la junta directiva; no, no son de los que aprovechan la noche para entrar en mi portal y dejarme unas notas misteriosas. Pero ¿quién si no?, ¿con qué fin?

martes, 22 de abril de 2014

El comienzo de "El robo de la piscina"


Para conmemorar el Día del Libro, desde hoy y hasta el 23 de abril podrás leer en el blog de Hoy no puedo el comienzo de cada uno de los siete relatos que incluye el libro. ¡Que los disfrutes! Y si quieres regalarlo, haz clic aquí

Cuando terminaron de calentar, Carla dio las instrucciones precisas para que el grupo de natación terapéutica comenzara los ejercicios en el agua mientras ella entraba un momento en la sala de monitores. Era un grupo dedicado, apenas faltaba nadie a las tres sesiones semanales programadas, así que podía confiar en que comenzarían la rutina del entrenamiento aunque se ausentase un instante.

Carla entró la sala común, una habitación mediana junto a los vestuarios donde los monitores descansaban, tomaban un refrigerio o charlaban un rato entre turno y turno. Intentó enviar un mensaje con su móvil, pero no había cobertura. Con el paso de los años, habían tratado de hacer una estancia más acogedora: instalaron un microondas, una cafetera y un ordenador portátil conectado a Internet. También alguien llevó una vez un sofá de cuadros naranjas y marrones. No era un trabajo para retirarse en él, así que cada temporada sucedía que chicos y chicas jóvenes impartían cursos de natación unos meses o un año, quizá dos como mucho. A veces lo compaginaban con sus estudios universitarios, por lo que al terminarlos se marchaban a otra ciudad, a buscar un empleo acorde con su formación. A pesar de eso, el ambiente era bueno, y todo el que pasaba por allí aportaba algo para la sala común. 

Una que se presentó a Miss España en representación de Soria dejó un espejo estrecho y largo de cuerpo entero que fijaron a una de las paredes.

Carla trabajaba para una multinacional que poseía gimnasios y piscinas por todo el país y buena parte de Europa. La semana anterior había recibido una carta de felicitación de la empresa por ser la empleada más antigua en esa ciudad. Se habían cumplido diez años y lo que empezaron siendo unas horas a la semana para sacar un dinerillo que completara la beca que recibía por formar parte del equipo nacional de natación se había convertido en un empleo a tiempo completo. 

Carla pensó en cuando era nadadora profesional. Tenía 18 años. En unos meses cumpliría 29. 

Trató una vez más de mandar un mensaje, sin éxito.

Encendió un cigarrillo y se miró al espejo. Apretó la carne de su abdomen por encima del bañador y soltó su pelo, para volverlo a recoger de nuevo en una coleta. Dio un par de caladas, manoteó para disipar el humo y regresó con el grupo.

Cuando volvió, ya habían empezado a nadar. En fila india, suave, como ella les había enseñado. ‘Los músculos tienen que despertarse’, les solía decir. En una ocasión calculó que había repetido esa frase al menos 12.300 veces en los diez años que llevaba en la piscina. Apuntaba este y otros datos en un cuaderno azul de anillas que conservaba desde la facultad, cuando hizo el primer curso de Ciencias Exactas que no terminó. Antes había completado los cuadernos verde, rojo, negro y otro azul oscuro. Cada uno de ellos correspondía a una de las asignaturas de la carrera.

Aprobó con nota las materias del primer semestre, y eso a pesar de que por aquel tiempo entrenaba cuatro horas diarias.

Su entrenador le había dicho a sus padres que sería una nadadora de éxito. A ella le dijo que, de seguir así, iría a unas olimpiadas.

De esa manera, en formación, le dio la impresión de que un ciempiés gigante flotaba en el agua de la piscina, luchando por no ahogarse. Un ciempiés imperfecto, claro, porque dos de los alumnos se recuperaban de una intervención quirúrgica en los miembros inferiores, otro llevaba meses intentando mitigar las secuelas de un ictus que apenas le permitía mover uno de sus brazos, tres más tenían hipercifosis; a la cabeza del ciempiés nadaba Matilde, una mujer de 70 años con cervicalgia desde que tenía memoria. Ese día faltaba el nuevo, un chico parapléjico por un accidente de moto al que Carla lanzaba al agua directamente desde la silla de ruedas. 

Se sentó en el borde de la piscina. Desde ahí guiaba al grupo en sus ejercicios. Después de ese, tocaba el grupo de iniciación. Por las tarde impartía dos cursos de perfeccionamiento de técnica natatoria. Diez años después ya no necesitaba preparar las sesiones, aunque de cuando en cuando se saltaba la rutina de repeticiones e improvisaba para superar el tedio. Hacía cálculos de memoria que le ayudaban a pasar el rato mientras nadaban: cuántas brazadas daban en una hora, cuántas inspiraciones y expiraciones… En una ocasión calculó cuánto tiempo llevaría llenar la piscina olímpica si funcionasen los dos grifos simultáneamente, cuando uno de ellos tarda una tercera parte en llenarla que el otro. También era amante de las estadísticas, de manera que una parte del cuaderno azul estaba dedicada al número de hombres, mujeres y niños que pasaban por sus grupos, clasificados en diferentes categorías. Nunca se le ocurrió que esos datos pudieran interesarle a alguien, así que no habló de ellos con sus superiores.

De vez en cuando imaginaba que alguno de sus alumnos se ahogaba y que ella tenía que saltar a salvarlo. No era nada personal, tenía buena relación con todo el mundo. Solo que deseaba que pasase algo.

Se cruzó de brazos y esperó a que finalizaran las series de espalda.

lunes, 21 de abril de 2014

El comienzo de "Las pastillas rojas del doctor Gacitúa"

Para conmemorar el Día del Libro, desde hoy y hasta el 23 de abril podrás leer en el blog de Hoy no puedo el comienzo de cada uno de los siete relatos que incluye el libro. ¡Que los disfrutes! Y si quieres regalarlo, haz clic aquí



Imagina tu cuerpo tumbado en una barca. Esa barca flota suavemente sobre aguas tranquilas. Se desliza lentamente. A medida que la barca avanza, tu cuerpo se relaja de manera progresiva… muy despacio. Déjate mecer por el río, como la barca. El río discurre cerca de una montaña. Se acerca cada vez más a ella. Tu cuerpo casi no pesa. Al pie de la montaña, el río entra en una gruta. La barca se acerca a la gruta, y sientes cómo todo lo que te rodea es tranquilidad. Te sientes bien yendo allí. La barca está ya muy cerca de la gruta. Dentro no hay luz. Tus ojos se acostumbran a la oscuridad. Estás en calma, relajado y tranquilo. Los párpados pesan, pesan mucho. Notas el cansancio, el sueño, estás muy cansado, muy cansado. Cuando mi mano te toque la cara, te quedarás dormido, profundamente dormido. Duerme, duerme, quiero que duermas. Cuando cuente tres, te habrás dormido.

El doctor Gacitúa practica la hipnosis. Su tarjeta de visita dice que es experto en hipnosis, catarsis y tratamiento de las histerias. Como aquella joven que llegó a la consulta convulsionando, con la respiración entrecortada. La sujetamos entre los dos, uno subido a horcajadas sobre ella, el otro agarrando su cabeza para que no se golpease. A duras penas conseguimos que se sentara y la atamos con unas cintas de cuero preparadas para que los pacientes no se lesionen ni hagan daño a otros. O aquel chico tan delgado que juraba que se quitaría la vida, que no quería vivir con unas piernas tan cortas y rechonchas aunque, en realidad, a todos nos parecían de un tamaño normal. O lo que sucedió con Edgardo Zabala, un adolescente que se presentó ataviado con un vestido rojo de mujer y unos zapatos negros de charol que le quedaban pequeños. Ese fue un caso difícil. Su madre estaba muy preocupada porque en el colegio los chicos se burlaban de él, lo amenazaban e, incluso, le pegaban. Pero era en ese instante en que Edgardo se enfurecía cuando rasgaba sus vestidos de princesa de cuento y se convertía en un matón sin escrúpulos, y enviaba a más de uno al hospital. Claro que eso ocurría solo cuando se enfadaba, porque la mayor parte del tiempo era un chico tranquilo que, dependiendo del momento, hablaba con acento mejicano, ruso o mandarín, e incluso achinaba sus ojos con los dedos índice de cada mano. Con él el doctor tuvo que emplearse a fondo y administrarle sus pastillas rojas antes de sumirlo en el ‘trance oscuro de la hipnosis’ —así lo llama el doctor Gacitúa, con la voz baja, casi en un susurro—.

A mí me gusta pintar. Pinto con carboncillo, no utilizo colores. El material me lo trae el doctor cuando va a la ciudad. Yo no suelo salir mucho de aquí. Siempre me dice que soy un artista y que envidia mi creatividad, aunque creo que lo dice para animarme, porque de vez en cuando me pongo triste pensando en mi madre. No la recuerdo bien. 

Cuando el doctor va a comenzar una sesión de hipnosis, me siento a un lado de la habitación y dibujo la escena. Luego me levanto de la silla y me acerco a los pacientes para no perder ni un detalle, y es entonces cuando utilizo el lápiz de carboncillo y el papel y me dispongo a dibujar. Es extraño, pero en ese momento sus rostros son de cera, como si la vida se viviese para dentro en vez de para fuera. Cuando le cuento esto al doctor, me dice que puede que esté en lo cierto y que descanse, que tengo una gran vida interior para tener dieciséis años. 

Cuando el doctor pregunta: ‘Fulanita, dime lo que estás viendo ahora’, y entonces la paciente describe cómo su padre la espiaba en el baño o cosas peores, pinto lo que escucho y luego se lo enseño al doctor, que se queda con mis dibujos para documentar sus casos, como parte del expediente médico o algo así. 

Soy muy observador, pero a veces me olvido de las cosas. No tengo problema con los números o las caras. Me pasa que a veces olvido días enteros, como si no los hubiera vivido. 

Las pastillas rojas me ayudan a recordar. No quiero ni pensar qué me pasaría si me descubriera el doctor. Aunque él es bueno conmigo. Un día que no estaba entré en su despacho. Y eso que me lo repite muchas veces, siempre con las mismas palabras: ‘Muchacho, este es mi santuario. De aquí para adentro —y entonces se agacha y traza una línea imaginaria en el suelo— está prohibido el paso’. Pero claro, tengo dieciséis años y soy curioso. Luisa me dice que tengo que experimentar: ‘Tienes que salir más. Buscar una novia y divertirte, que la vida es muy corta’. Y cuando me dice eso, voy y le doy un abrazo y un beso. Un día rozamos nuestros labios sin querer, y yo me puse colorado y ella se rio a carcajadas. Yo no salgo mucho. No tengo amigos ni he estado con chicas. Luisa viene todas las mañanas a limpiar. Se pone un mandil rosa para no ensuciarse la ropa. Le hace juego con una mancha en forma de fresa que tiene en el cuello. Es una marca de nacimiento. Yo también la tengo. 
Un día le pregunté que si era la novia del doctor y a ella casi le da un patatús de la risa. 
La verdad es que no salgo mucho, me paso el día aquí, dibujando, pensando en mis cosas. 
Algunas tardes, cuando no hay nadie en la consulta, me siento en la escalera de la entrada y cierro los ojos para tratar de recordar a mi madre. No consigo distinguir sus facciones. Si le pregunto al doctor por ella, rápidamente me cambia de tema, me habla del otro Gacitúa, el de Chile, o de su abuelo, el que trabajó con Freud, al que nadie cita en los libros. Cree que no me doy cuenta, pero claro que lo hago. Ya no soy un niño. A veces el doctor me trata igual que cuando era un criajo de siete años y me entran ganas de… no sé. Apenas recuerdo de ella su pelo rizado. De mi madre, digo. Y las pastillas me ayudan, claro que lo hacen. 

Un día entré en el despacho y las cogí. Vacié el bote en mis manos y las conté: una, dos, tres… treinta y cuatro, y luego metí una en mi boca. Al principio no sabía a nada, era como si chupara el capuchón de un boli. Después empezó a deshacerse la parte roja. Sabía muy dulce, a caramelo. Varios días seguidos entré allí a chupar las pastillas. Cuando se terminaba la película roja que las envolvía, tenían un sabor amargo. Entonces las escupía. 

Un día me puse las manos en la boca para obligarme a chupar la píldora completa, con su parte amarga y todo. 

domingo, 20 de abril de 2014

El comienzo de "Acuda a su caja"


Para conmemorar el Día del Libro, desde hoy y hasta el 23 de abril podrás leer en el blog de Hoy no puedo el comienzo de cada uno de los siete relatos que incluye el libro. ¡Que los disfrutes! Y si quieres regalarlo, haz clic aquí


Hacía ya un tiempo que no volvía al barrio. Tuve que mudarme por circunstancias que ahora no vienen a cuento. Y desde entonces no regresaba. He recorrido los pasillos del supermercado, me he parado en todos los lineales, he estudiado los precios de las ofertas, he pesado la fruta. He vuelto a ponerme en nuestra fila, la que está más alejada de la puerta. Incluso he dejado pasar a un abuelo que solo llevaba un cartón de vino. ‘Muy amable. Gracias’. ‘No se merecen’. Después he aguardado mi turno. Me he quedado mirando a la mujer que esperaba en la cola delante de mí. Se balanceaba hacia delante y hacia atrás con impaciencia. Murmuraba algo en voz baja, como deseando que esa queja permanente acelerase el ritmo. Pero los pitidos del escáner marcan el tempo. Un producto con el código borroso ha provocado que Pepi Bartolomé separase súbitamente la lengua del paladar para, tras un chasquido, marcar los números que apenas se distinguen en la etiqueta. Nunca antes la había visto. La llamo por su nombre y su apellido porque están grabados en una chapa prendida en la blusa roja que la cadena de supermercados proporciona como uniforme a sus empleadas para los meses más calurosos. La mujer que me precede ha suspirado cuando Pepi Bartolomé le ha dicho la cantidad total casi sin mirarla, y después ha escupido un juramento entre dientes, algo así como ‘entonces dejo esto, que no he traído bastante’ y ahí yo, galante, me he ofrecido a cubrir la diferencia. ‘Ay no, qué vergüenza’. ’Ya me lo devolverá usted, señora, no se preocupe’. Y entonces he sacado un billete, se lo he entregado a la cajera y he deslizado mis dedos por la palma de la mano de Pepi Bartolomé, desde la parte proximal a la distal, hasta el final de su dedo corazón. Me he recreado un poco en la caricia porque, lo sé, ya me he ganado a todos con mis gestos: primero, el de dejar pasar al anciano y, después, el de facilitar que la mujer nerviosa se llevase toda su compra a casa, así que nadie ha reparado en la maniobra que, es posible, algunas personas podrían juzgar extraña pero que, también soy consciente, para otros es algo turbio, un signo que indica algún tipo de patología cercana a la perversión. No lo es, sin embargo. Si hablaran con Noelia Egea lo corroboraría. Pero ella ya no trabaja en el súper. Así, me he convertido por unos segundos en un héroe, y he aprovechado mi ventaja para, de nuevo, acariciar la mano de la cajera, esta vez por su lado dorsal, mientras la ayudaba a embolsar mi compra, e incluso he presionado levemente sus nudillos para detectar que, a pesar de su rugosidad, no presentan callosidades ni otras malformaciones.

Las manos son reveladoras. Cuentan historias de la gente. Con un poco de práctica se puede averiguar la profesión de una persona por sus manos. Al principio nos fijamos en lo evidente: manos callosas para los albañiles; uñas y yemas oscuras para los mecánicos. Pero con el tiempo uno va poniendo su atención en los detalles, en las sutilezas. Por ejemplo, es fácil adivinar que alguien es médico o enfermero si se rasca continuamente las manos o tiene las palmas enrojecidas. Los sanitarios solemos tener eccemas en la piel debido a los guantes de látex. Precisamente la práctica que adquirí en estudiar las manos me permitió salvar una vida —eso me aseguró ella—. Fue en el trayecto de la línea 34, en el autobús que tomaba para recoger a Noelia en el súper. En él coincidía a diario con una mujer con unos horarios parecidos a los míos. En uno de los viajes percibí que sus dedos se habían hinchado significativamente y, puesto que dada su edad se podría descartar un síndrome premenstrual, me atreví a sugerirle que acudiese a su médico por parecerme un síntoma claro de hipotiroidismo. 

—Su vuelta, señor.

Pepi Bartolomé sostuvo las monedas sobre la palma de mi mano un instante, el suficiente para notar las yemas de sus dedos. 

Siempre he creído que hay manos que ‘encajan’ en un cuerpo y otras que no. Por ejemplo, las de Pepi Bartolomé son cuadradas, de dedos cortos, y corresponden a la perfección a su fenotipo corporal de hombros anchos, busto mediano, cintura normal, caderas estrechas y piernas delgadas. Noelia, en cambio, tiene los dedos muy largos y la palma rectangular. No fui el primero en decirle que tenía manos de pianista, a lo que ella solía responder con una carcajada. ’Son más de marciana: miiii caaaasaaaaa’, reía, divertida.


—Disculpe la pregunta —me animé a decirle a Pepi Bartolomé—. Estoy buscando a una compañera suya que trabajó aquí hace algún tiempo. Se llama Noelia, Noelia Egea.

sábado, 19 de abril de 2014

El comienzo de "Hoy no puedo"

Para conmemorar el Día del Libro, desde hoy y hasta el 23 de abril podrás leer en el blog de Hoy no puedo el comienzo de cada uno de los siete relatos que incluye el libro. ¡Que los disfrutes! Y si quieres regalarlo, haz clic aquí



Bebió un trago de leche directamente de la botella y cerró la nevera. Arrancó el pósit de la puerta y buscó su bolso. Estaba descalza y el suelo se sentía más frío de lo normal. 

Salió de la cocina y subió al piso de arriba para mirar en la habitación, entre la ropa amontonada en la silla. El perro se había subido a su cama y cuando ella entró levantó la cabeza, pero no se movió. Por fin recordó que la noche anterior lo había dejado en el salón, junto a la chimenea.

Se puso un par de calcetines gruesos de lana, regresó a la cocina y volvió a pegar la nota en la nevera. Se sentó sobre la mesa y marcó su número.

—¿Sergio?

—¿Sí?

—Soy Irma. He visto tu nota.

—No me llames al trabajo.

—Perdona, es solo un momento. Es por la nota.

—Mejor al móvil.

—Sí, perdona. Ya lo sé. No te entretengo.

—¿Tú no estás trabajando?

—He pedido esta semana libre. Javier presenta su libro. Me acabo de levantar y he visto el pósit en la nevera. ¿Cuándo has venido?

—Entré esta mañana pronto a recoger la caja del garaje. Usé mis llaves. 

—¿Estaba todo? Creo que puse todo lo que me pediste. También el vestido de flores —dijo susurrando las últimas palabras.

—¿Ha visto él la nota? —preguntó Sergio.

—No, pero casi. 

Se hizo un silencio breve que rompió Irma.

—¿Vas a comer con ella? Porque puedes…

—Mabel es mi jefa —interrumpió él—. En el trabajo guardamos las distancias.

—Sergio, no digas tonterías. Todo el mundo ya sabe que sois pareja.

—Sí, pero no es lo mismo saberlo que mostrárselo a to-do el mun-do —repitió él parándose en cada sílaba—. Es una profesional.

Irma se retorció de risa sobre la mesa de la cocina. Tuvo que apoyar un pie en el suelo para no caerse.

—No te rías.

—No, perdona, perdona otra vez. Sí, es verdad, seguramente es mejor para vosotros que ella no te dé besitos cuando pase por delante de tu escritorio.

—No me da “besitos”.

—Pues a los míos no les haces asco.

—Irma…

—¿Qué has querido decir con tu nota?

—Pues está bien claro.


—Sí, bueno, es concisa, eso sí. "Hoy no puedo". Pero sigo sin saber qué quieres decir —dijo la chica ahogando un bostezo—.

viernes, 18 de abril de 2014

El comienzo de "El nivel 3"

Para conmemorar el Día del Libro, desde hoy y hasta el 23 de abril podrás leer en el blog de Hoy no puedo el comienzo de cada uno de los siete relatos que incluye el libro. ¡Que los disfrutes! Y si quieres regalarlo, haz clic aquí




Yo no quería, pero los chicos de la oficina se empeñaron. Los chicos y Marta. Marta también.

—Solo es una canita al aire, Paul.

Marta es la única que no me llama Jiménez. En realidad mi nombre es Pablo, Pablo Jiménez Asturias, para más señas, pero ella siempre lo americaniza. ‘Es por el cine. Solo veo cine americano, my friend’, me dijo un día en el bar de la esquina, justo después de que me abandonaran. 

Porque me abandonaron, eso es incontestable.

—Venga, Jiménez, no me digas que no te apetece un revolcón —dijo Ramírez por encima de todos, provocando una carcajada multitudinaria y algún que otro gesto obsceno—. A estas alturas, ya debes de sudar semen.

—Ohhhhhhhhhhh —corearon con un grito aprobatorio que hizo retumbar las paredes de la sala del café, un almacén sin ventanas levantado con placas de pladur donde habían instalado la nueva fotocopiadora en color. Los empleados compramos una cafetera americana y cada día, a eso de las once, nos reunimos allí toda la planta de control de calidad durante nuestros veinte minutos de descanso. Somos unos ocho o nueve. El número fluctúa dependiendo del volumen de trabajo y de la época del año, aunque en los tiempos de vacas gordas llegamos a ser dieciséis en plantilla. En primavera se suman tres becarios que envían desde la facultad para hacer prácticas seis meses. 

—Contrólate un poco, Ramírez, que hay señoritas —replicó el señor Onofre. 

Juan Onofre es el contable, un hombre de unos ¿sesenta?, ¿setenta? Los chicos de la oficina aseguran que tiene cerca de los cien años. Claro que, dentro de lo que cabe, todos somos bastante jóvenes, así que superar la barrera de los cuarenta es para la mayoría poco menos que un billete directo al geriátrico. ‘Onofre es una momia’, escribió Marta sin piedad en una papel que fue pasando de mano en mano. Onofre trabaja en el piso inferior y todos los días sube a tomar el café con nosotros, aunque nadie recuerda exactamente qué le motivo a cambiar la tranquilidad de su departamento por el jaleo del nuestro.

Lo cierto es que nadie se había escandalizado por el comentario de Ramírez, y mucho menos Marta, que reía a carcajadas mostrando sus dientes blancos. Tiene los dientes pequeños, enfilados, como los pájaros sobre un cable eléctrico tras una tormenta de verano. Solo un canino rebelde se monta un poco sobre un incisivo. ‘Por tomar biberón hasta los cinco años’, suele explicar haciendo el gesto con la mano de llevarse un biberón a la boca; luego junta los labios, como si succionara. Ella es la única mujer de la planta de control de calidad en una profesión masculinizada, pero para todos nosotros es uno más. Al principio no fue así: aunque nadie lo verbalizaba, la presencia de Marta nos resultaba incómoda, como si un agente patógeno hubiera entrado en nuestro cuerpo y amenazara nuestro equilibrio homeostático, por lo que al comienzo de llegar ella nadie en el café se atrevía a contar chistes verdes o a levantar la voz.

Hasta que Marta eructó. Un día bebió un sorbo de café y eructó.


Y luego juró en arameo.

jueves, 17 de abril de 2014

El comienzo de "El miedo no existe"

Para conmemorar el Día del Libro, desde hoy y hasta el 23 de abril podrás leer en el blog de Hoy no puedo el comienzo de cada uno de los siete relatos que incluye el libro. ¡Que los disfrutes! Y si quieres regalarlo, haz clic aquí.

Recordaba perfectamente la casa, cada una de sus habitaciones, de sus recovecos, aunque hacía quince años que no pisaba por allí. Era solo una adolescente cuando ella y sus hermanos dejaron la casona para trasladarse a la capital. Y jamás tuvo miedo. Ni siquiera cuando se iba la luz, que era con frecuencia. 
Los de la eléctrica decían que era normal, que un caserón aislado y tan antiguo no estaba preparado, aunque papá siempre decía que era cosa del maldito Samuel, el barquero, que necesitaba demasiada energía eléctrica para que su barcaza transportarse a los turistas a la otra orilla del río. Por si acaso, Mami se aseguraba de que todas las palmatorias tuvieran su vela correspondiente en perfecto estado.

No iba a tener miedo ahora, con casi treinta años.

Cuando llegó, todavía lucía el sol. No era muy frecuente disfrutar de un día tan despejado por la zona. La presencia del río y la especial vegetación hacían que las nieblas se instalasen desde la madrugada y apenas levantasen unas horas al día, si había suerte. Y eso en verano. Subió las persianas y el gran salón de la chimenea se iluminó. La casa estaba bien cuidada, a pesar de todo. Aunque ninguno había vuelto a habitarla, los hermanos ponían todos los meses una cuota para que una vecina del pueblo cercano la limpiase de cuando en cuando y su marido se preocupase de arreglar los desperfectos causados por el paso del tiempo. Después de morir sus padres en el incendio de la vieja capilla, dejaron que Mami siguiera viviendo en la casa —era lo menos que podían hacer por ella, después de tantos años— pero Mami tampoco duró mucho. Después de eso, nadie quiso volver allí.

Dejó la mochila en la habitación más cercana a la cocina. Había sido la habitación de Mami; la suya era la última del corredor que conducía al corral, pero esta le pareció la más cómoda. Abrió el armario y encontró sábanas limpias y perfumadas, tal y como le había pedido a la mujer que limpiaba que hiciese. 
Sacó la ropa y la colocó con dedicación. Había decidido que, además de una apuesta, pasar una semana en la casona sería una terapia estupenda contra el estrés de la capital. Se tomaría su tiempo para leer, pasear y descansar. Eso no iba contra las reglas. En realidad lo único que estaba prohibido era ver la televisión, acercarse al pueblo o usar el teléfono. Y ni siquiera, porque en realidad ella podía recibir mensajes de texto y contestarlos, pero no hacer llamadas. Tampoco tenía acceso a Internet. Claro que allí, en medio de dos cañones naturales entre los que discurre, encajonado, el río, Internet era poco más o menos que una quimera de ciencia ficción. Y eso era todo. Bueno, y la luz, nada de luz eléctrica. 

A él se le ocurrió que eso sí que le iba a dar miedo.  

lunes, 14 de abril de 2014

El optimismo inteligente


Vaya por delante que no soy psicólogo. Tampoco ningún experto en pensamiento positivo, ni siquiera un seguidor de los cientos de blogs sobre optimismo, felicidad o autoestima que hay en Internet. Más aún: solo he leído un libro de Punset (sí, vale, pero tengo un salvapantallas de Mr. Wonderful). Así que estas palabras no son más una reflexión dominguera sobre tópicos y actitudes.

Tengo que reconocer que soy refractario al “buenismo”. Me irritan las posturas facilonas y algo bobaliconas, casi de eslogan barato: “tú puedes si lo intentas con toda tu alma” (eso depende… y no sé qué pinta aquí el alma); “sonríe siempre” (coño, no quiero sonreír siempre); “las cosas irán a mejor” (o no), etc. Os podéis imaginar que también me alteran las alusiones al corazón, al alma y a otros intangibles: “poner todo el corazón”, “he puesto toda mi alma” y otras sentencias parecidas que, con mucha frecuencia, se esgrimen como atenuantes por la falta de habilidad, de dedicación o de esmero. Parece (inexplicablemente para mí) que dejarse llevar por una supuesta pasión interna, una fuerza motriz incontrolable que sale del ¿corazón? es mejor que la preparación profesional o intelectual, que el esfuerzo y el mimo por hacer las cosas bien, o que el reconocimiento sincero de que hay cosas que no sabemos hacer o con las que no podemos lidiar.

Claro, los pesimistas recalcitrantes son igual de odiosos (o más). Instalarse en el fatalismo, especialmente cuando no se hace nada por cambiar lo que se pueda cambiar, es de un cinismo insoportable. Por no hablar de que los pesimistas son gente muy tóxica y destructiva, que siempre juega con ventaja: si las cosas salen bien, es una excepción a la regla.

Entiendo que ponerle pasión a nuestra actividad diaria es un plus, algo que diferencia a las personas que disfrutan o viven intensamente lo que hacen de las que no. Eso lo entiendo (y supongo que a eso es a lo que llaman “corazón” y “alma”). Comprendo también que una cierta dosis de confianza en nuestras posibilidades (salpicada de mucho realismo, please) y una predisposición amable y risueña hace la vida más agradable a los demás. Yo trato de ponerlo en práctica, lo prometo. Lo único que digo es que no sé por qué en la ecuación del optimismo de frase ingeniosa al que me refería antes pocas veces aparece la razón como variable. ¿No creéis que una orientación al optimismo con inteligencia, capacidad de análisis y, especialmente, de realismo sobre lo que podemos lograr y lo que no es un cóctel perfecto? A mí me lo parece. ¿Y a vosotros?

lunes, 7 de abril de 2014

Carla y el robo de la piscina



Ahora que muchas personas me han dicho que ya han leído Hoy no puedo, me apetece comentar algunos aspectos de los relatos del libro. Al menos creo que es interesante poder compartir aquí con todos vosotros de dónde surgieron algunas ideas y qué intención tenía yo al escribirlo. SI AÚN NO HABÉIS LEIDO ESTE RELATO (El robo de la piscina) ES MEJOR QUE NO SIGÁIS LEYENDO ESTA ENTRADA. Si lo habéis leído, os invito a participar con vuestros comentarios.

Pues a mí me gusta mucho este relato. Me parece un relato muy interesante desde el punto de vista técnico, con sus distintas escenas cortas intercaladas en la trama principal. Me gusta mucho también la historia y, sobre todo, me gusta mucho el personaje de Carla. Ya sé que no está entre vuestros favoritos (la mayoría decís que preferís Pájaros o El miedo no existe), pero yo le tengo un cariño especial.

Como os decía, me gusta mucho Carla. Me parece un personaje muy potente, con mucha complejidad y mucha vida interior. Creo, sinceramente, que hay unas cuantas “Carlas” por el mundo (hombres y mujeres). Pensadlo: Carla es una chica que de niña y adolescente despuntaba física e intelectualmente (era una joven promesa de la natación y un portento en matemáticas). Su familia y su entorno depositó en ella unas grandísimas esperanzas, hasta el punto de que sus padres deciden sacrificar su vida (incluso no buscar un hermanito o hermanita) para centrarse en desarrollar convenientemente todas las aptitudes Carla. Además, el comportamiento del personaje en la historia nos revela que es una mujer decidida, muy capaz de tomar las riendas de su vida cuando quiere. 

ÚLTIMO AVISO. SI NO HAS LEÍDO EL RELATO, NO SIGAS. AHORA DESVELO EL FINAL.


¿Qué ocurre, entonces, con Carla? Si lo tiene todo, si puede alcanzar lo que ella quiera, ¿por qué no lo hace? Pues la explicación es simple y es terrible: a Carla no le pasa nada. Simplemente, se aburre. Es un tedio brutal y complejo, algo que aparece sistemáticamente en su vida y que hace que Carla no sea capaz de disfrutar en el tiempo de sus habilidades, de sus relaciones, de nada. Se aburre. Y ya está. Es una niebla que lo envuelve todo. ¿Por qué hace Carla lo que hace? ¿Por qué roba los papeles? No es por dinero, ni por sexo, ni mucho menos por amor. Es porque necesita subir la “temperatura” de su vida, buscar algún aliciente que termine con el aburrimiento. Y a vosotros y vosotras, ¿os ha sucedido esto alguna vez? ¡Dejadme un comentario!