domingo, 20 de abril de 2014

El comienzo de "Acuda a su caja"


Para conmemorar el Día del Libro, desde hoy y hasta el 23 de abril podrás leer en el blog de Hoy no puedo el comienzo de cada uno de los siete relatos que incluye el libro. ¡Que los disfrutes! Y si quieres regalarlo, haz clic aquí


Hacía ya un tiempo que no volvía al barrio. Tuve que mudarme por circunstancias que ahora no vienen a cuento. Y desde entonces no regresaba. He recorrido los pasillos del supermercado, me he parado en todos los lineales, he estudiado los precios de las ofertas, he pesado la fruta. He vuelto a ponerme en nuestra fila, la que está más alejada de la puerta. Incluso he dejado pasar a un abuelo que solo llevaba un cartón de vino. ‘Muy amable. Gracias’. ‘No se merecen’. Después he aguardado mi turno. Me he quedado mirando a la mujer que esperaba en la cola delante de mí. Se balanceaba hacia delante y hacia atrás con impaciencia. Murmuraba algo en voz baja, como deseando que esa queja permanente acelerase el ritmo. Pero los pitidos del escáner marcan el tempo. Un producto con el código borroso ha provocado que Pepi Bartolomé separase súbitamente la lengua del paladar para, tras un chasquido, marcar los números que apenas se distinguen en la etiqueta. Nunca antes la había visto. La llamo por su nombre y su apellido porque están grabados en una chapa prendida en la blusa roja que la cadena de supermercados proporciona como uniforme a sus empleadas para los meses más calurosos. La mujer que me precede ha suspirado cuando Pepi Bartolomé le ha dicho la cantidad total casi sin mirarla, y después ha escupido un juramento entre dientes, algo así como ‘entonces dejo esto, que no he traído bastante’ y ahí yo, galante, me he ofrecido a cubrir la diferencia. ‘Ay no, qué vergüenza’. ’Ya me lo devolverá usted, señora, no se preocupe’. Y entonces he sacado un billete, se lo he entregado a la cajera y he deslizado mis dedos por la palma de la mano de Pepi Bartolomé, desde la parte proximal a la distal, hasta el final de su dedo corazón. Me he recreado un poco en la caricia porque, lo sé, ya me he ganado a todos con mis gestos: primero, el de dejar pasar al anciano y, después, el de facilitar que la mujer nerviosa se llevase toda su compra a casa, así que nadie ha reparado en la maniobra que, es posible, algunas personas podrían juzgar extraña pero que, también soy consciente, para otros es algo turbio, un signo que indica algún tipo de patología cercana a la perversión. No lo es, sin embargo. Si hablaran con Noelia Egea lo corroboraría. Pero ella ya no trabaja en el súper. Así, me he convertido por unos segundos en un héroe, y he aprovechado mi ventaja para, de nuevo, acariciar la mano de la cajera, esta vez por su lado dorsal, mientras la ayudaba a embolsar mi compra, e incluso he presionado levemente sus nudillos para detectar que, a pesar de su rugosidad, no presentan callosidades ni otras malformaciones.

Las manos son reveladoras. Cuentan historias de la gente. Con un poco de práctica se puede averiguar la profesión de una persona por sus manos. Al principio nos fijamos en lo evidente: manos callosas para los albañiles; uñas y yemas oscuras para los mecánicos. Pero con el tiempo uno va poniendo su atención en los detalles, en las sutilezas. Por ejemplo, es fácil adivinar que alguien es médico o enfermero si se rasca continuamente las manos o tiene las palmas enrojecidas. Los sanitarios solemos tener eccemas en la piel debido a los guantes de látex. Precisamente la práctica que adquirí en estudiar las manos me permitió salvar una vida —eso me aseguró ella—. Fue en el trayecto de la línea 34, en el autobús que tomaba para recoger a Noelia en el súper. En él coincidía a diario con una mujer con unos horarios parecidos a los míos. En uno de los viajes percibí que sus dedos se habían hinchado significativamente y, puesto que dada su edad se podría descartar un síndrome premenstrual, me atreví a sugerirle que acudiese a su médico por parecerme un síntoma claro de hipotiroidismo. 

—Su vuelta, señor.

Pepi Bartolomé sostuvo las monedas sobre la palma de mi mano un instante, el suficiente para notar las yemas de sus dedos. 

Siempre he creído que hay manos que ‘encajan’ en un cuerpo y otras que no. Por ejemplo, las de Pepi Bartolomé son cuadradas, de dedos cortos, y corresponden a la perfección a su fenotipo corporal de hombros anchos, busto mediano, cintura normal, caderas estrechas y piernas delgadas. Noelia, en cambio, tiene los dedos muy largos y la palma rectangular. No fui el primero en decirle que tenía manos de pianista, a lo que ella solía responder con una carcajada. ’Son más de marciana: miiii caaaasaaaaa’, reía, divertida.


—Disculpe la pregunta —me animé a decirle a Pepi Bartolomé—. Estoy buscando a una compañera suya que trabajó aquí hace algún tiempo. Se llama Noelia, Noelia Egea.

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