jueves, 17 de abril de 2014

El comienzo de "El miedo no existe"

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Recordaba perfectamente la casa, cada una de sus habitaciones, de sus recovecos, aunque hacía quince años que no pisaba por allí. Era solo una adolescente cuando ella y sus hermanos dejaron la casona para trasladarse a la capital. Y jamás tuvo miedo. Ni siquiera cuando se iba la luz, que era con frecuencia. 
Los de la eléctrica decían que era normal, que un caserón aislado y tan antiguo no estaba preparado, aunque papá siempre decía que era cosa del maldito Samuel, el barquero, que necesitaba demasiada energía eléctrica para que su barcaza transportarse a los turistas a la otra orilla del río. Por si acaso, Mami se aseguraba de que todas las palmatorias tuvieran su vela correspondiente en perfecto estado.

No iba a tener miedo ahora, con casi treinta años.

Cuando llegó, todavía lucía el sol. No era muy frecuente disfrutar de un día tan despejado por la zona. La presencia del río y la especial vegetación hacían que las nieblas se instalasen desde la madrugada y apenas levantasen unas horas al día, si había suerte. Y eso en verano. Subió las persianas y el gran salón de la chimenea se iluminó. La casa estaba bien cuidada, a pesar de todo. Aunque ninguno había vuelto a habitarla, los hermanos ponían todos los meses una cuota para que una vecina del pueblo cercano la limpiase de cuando en cuando y su marido se preocupase de arreglar los desperfectos causados por el paso del tiempo. Después de morir sus padres en el incendio de la vieja capilla, dejaron que Mami siguiera viviendo en la casa —era lo menos que podían hacer por ella, después de tantos años— pero Mami tampoco duró mucho. Después de eso, nadie quiso volver allí.

Dejó la mochila en la habitación más cercana a la cocina. Había sido la habitación de Mami; la suya era la última del corredor que conducía al corral, pero esta le pareció la más cómoda. Abrió el armario y encontró sábanas limpias y perfumadas, tal y como le había pedido a la mujer que limpiaba que hiciese. 
Sacó la ropa y la colocó con dedicación. Había decidido que, además de una apuesta, pasar una semana en la casona sería una terapia estupenda contra el estrés de la capital. Se tomaría su tiempo para leer, pasear y descansar. Eso no iba contra las reglas. En realidad lo único que estaba prohibido era ver la televisión, acercarse al pueblo o usar el teléfono. Y ni siquiera, porque en realidad ella podía recibir mensajes de texto y contestarlos, pero no hacer llamadas. Tampoco tenía acceso a Internet. Claro que allí, en medio de dos cañones naturales entre los que discurre, encajonado, el río, Internet era poco más o menos que una quimera de ciencia ficción. Y eso era todo. Bueno, y la luz, nada de luz eléctrica. 

A él se le ocurrió que eso sí que le iba a dar miedo.  

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