viernes, 18 de abril de 2014

El comienzo de "El nivel 3"

Para conmemorar el Día del Libro, desde hoy y hasta el 23 de abril podrás leer en el blog de Hoy no puedo el comienzo de cada uno de los siete relatos que incluye el libro. ¡Que los disfrutes! Y si quieres regalarlo, haz clic aquí




Yo no quería, pero los chicos de la oficina se empeñaron. Los chicos y Marta. Marta también.

—Solo es una canita al aire, Paul.

Marta es la única que no me llama Jiménez. En realidad mi nombre es Pablo, Pablo Jiménez Asturias, para más señas, pero ella siempre lo americaniza. ‘Es por el cine. Solo veo cine americano, my friend’, me dijo un día en el bar de la esquina, justo después de que me abandonaran. 

Porque me abandonaron, eso es incontestable.

—Venga, Jiménez, no me digas que no te apetece un revolcón —dijo Ramírez por encima de todos, provocando una carcajada multitudinaria y algún que otro gesto obsceno—. A estas alturas, ya debes de sudar semen.

—Ohhhhhhhhhhh —corearon con un grito aprobatorio que hizo retumbar las paredes de la sala del café, un almacén sin ventanas levantado con placas de pladur donde habían instalado la nueva fotocopiadora en color. Los empleados compramos una cafetera americana y cada día, a eso de las once, nos reunimos allí toda la planta de control de calidad durante nuestros veinte minutos de descanso. Somos unos ocho o nueve. El número fluctúa dependiendo del volumen de trabajo y de la época del año, aunque en los tiempos de vacas gordas llegamos a ser dieciséis en plantilla. En primavera se suman tres becarios que envían desde la facultad para hacer prácticas seis meses. 

—Contrólate un poco, Ramírez, que hay señoritas —replicó el señor Onofre. 

Juan Onofre es el contable, un hombre de unos ¿sesenta?, ¿setenta? Los chicos de la oficina aseguran que tiene cerca de los cien años. Claro que, dentro de lo que cabe, todos somos bastante jóvenes, así que superar la barrera de los cuarenta es para la mayoría poco menos que un billete directo al geriátrico. ‘Onofre es una momia’, escribió Marta sin piedad en una papel que fue pasando de mano en mano. Onofre trabaja en el piso inferior y todos los días sube a tomar el café con nosotros, aunque nadie recuerda exactamente qué le motivo a cambiar la tranquilidad de su departamento por el jaleo del nuestro.

Lo cierto es que nadie se había escandalizado por el comentario de Ramírez, y mucho menos Marta, que reía a carcajadas mostrando sus dientes blancos. Tiene los dientes pequeños, enfilados, como los pájaros sobre un cable eléctrico tras una tormenta de verano. Solo un canino rebelde se monta un poco sobre un incisivo. ‘Por tomar biberón hasta los cinco años’, suele explicar haciendo el gesto con la mano de llevarse un biberón a la boca; luego junta los labios, como si succionara. Ella es la única mujer de la planta de control de calidad en una profesión masculinizada, pero para todos nosotros es uno más. Al principio no fue así: aunque nadie lo verbalizaba, la presencia de Marta nos resultaba incómoda, como si un agente patógeno hubiera entrado en nuestro cuerpo y amenazara nuestro equilibrio homeostático, por lo que al comienzo de llegar ella nadie en el café se atrevía a contar chistes verdes o a levantar la voz.

Hasta que Marta eructó. Un día bebió un sorbo de café y eructó.


Y luego juró en arameo.

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