martes, 22 de abril de 2014

El comienzo de "El robo de la piscina"


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Cuando terminaron de calentar, Carla dio las instrucciones precisas para que el grupo de natación terapéutica comenzara los ejercicios en el agua mientras ella entraba un momento en la sala de monitores. Era un grupo dedicado, apenas faltaba nadie a las tres sesiones semanales programadas, así que podía confiar en que comenzarían la rutina del entrenamiento aunque se ausentase un instante.

Carla entró la sala común, una habitación mediana junto a los vestuarios donde los monitores descansaban, tomaban un refrigerio o charlaban un rato entre turno y turno. Intentó enviar un mensaje con su móvil, pero no había cobertura. Con el paso de los años, habían tratado de hacer una estancia más acogedora: instalaron un microondas, una cafetera y un ordenador portátil conectado a Internet. También alguien llevó una vez un sofá de cuadros naranjas y marrones. No era un trabajo para retirarse en él, así que cada temporada sucedía que chicos y chicas jóvenes impartían cursos de natación unos meses o un año, quizá dos como mucho. A veces lo compaginaban con sus estudios universitarios, por lo que al terminarlos se marchaban a otra ciudad, a buscar un empleo acorde con su formación. A pesar de eso, el ambiente era bueno, y todo el que pasaba por allí aportaba algo para la sala común. 

Una que se presentó a Miss España en representación de Soria dejó un espejo estrecho y largo de cuerpo entero que fijaron a una de las paredes.

Carla trabajaba para una multinacional que poseía gimnasios y piscinas por todo el país y buena parte de Europa. La semana anterior había recibido una carta de felicitación de la empresa por ser la empleada más antigua en esa ciudad. Se habían cumplido diez años y lo que empezaron siendo unas horas a la semana para sacar un dinerillo que completara la beca que recibía por formar parte del equipo nacional de natación se había convertido en un empleo a tiempo completo. 

Carla pensó en cuando era nadadora profesional. Tenía 18 años. En unos meses cumpliría 29. 

Trató una vez más de mandar un mensaje, sin éxito.

Encendió un cigarrillo y se miró al espejo. Apretó la carne de su abdomen por encima del bañador y soltó su pelo, para volverlo a recoger de nuevo en una coleta. Dio un par de caladas, manoteó para disipar el humo y regresó con el grupo.

Cuando volvió, ya habían empezado a nadar. En fila india, suave, como ella les había enseñado. ‘Los músculos tienen que despertarse’, les solía decir. En una ocasión calculó que había repetido esa frase al menos 12.300 veces en los diez años que llevaba en la piscina. Apuntaba este y otros datos en un cuaderno azul de anillas que conservaba desde la facultad, cuando hizo el primer curso de Ciencias Exactas que no terminó. Antes había completado los cuadernos verde, rojo, negro y otro azul oscuro. Cada uno de ellos correspondía a una de las asignaturas de la carrera.

Aprobó con nota las materias del primer semestre, y eso a pesar de que por aquel tiempo entrenaba cuatro horas diarias.

Su entrenador le había dicho a sus padres que sería una nadadora de éxito. A ella le dijo que, de seguir así, iría a unas olimpiadas.

De esa manera, en formación, le dio la impresión de que un ciempiés gigante flotaba en el agua de la piscina, luchando por no ahogarse. Un ciempiés imperfecto, claro, porque dos de los alumnos se recuperaban de una intervención quirúrgica en los miembros inferiores, otro llevaba meses intentando mitigar las secuelas de un ictus que apenas le permitía mover uno de sus brazos, tres más tenían hipercifosis; a la cabeza del ciempiés nadaba Matilde, una mujer de 70 años con cervicalgia desde que tenía memoria. Ese día faltaba el nuevo, un chico parapléjico por un accidente de moto al que Carla lanzaba al agua directamente desde la silla de ruedas. 

Se sentó en el borde de la piscina. Desde ahí guiaba al grupo en sus ejercicios. Después de ese, tocaba el grupo de iniciación. Por las tarde impartía dos cursos de perfeccionamiento de técnica natatoria. Diez años después ya no necesitaba preparar las sesiones, aunque de cuando en cuando se saltaba la rutina de repeticiones e improvisaba para superar el tedio. Hacía cálculos de memoria que le ayudaban a pasar el rato mientras nadaban: cuántas brazadas daban en una hora, cuántas inspiraciones y expiraciones… En una ocasión calculó cuánto tiempo llevaría llenar la piscina olímpica si funcionasen los dos grifos simultáneamente, cuando uno de ellos tarda una tercera parte en llenarla que el otro. También era amante de las estadísticas, de manera que una parte del cuaderno azul estaba dedicada al número de hombres, mujeres y niños que pasaban por sus grupos, clasificados en diferentes categorías. Nunca se le ocurrió que esos datos pudieran interesarle a alguien, así que no habló de ellos con sus superiores.

De vez en cuando imaginaba que alguno de sus alumnos se ahogaba y que ella tenía que saltar a salvarlo. No era nada personal, tenía buena relación con todo el mundo. Solo que deseaba que pasase algo.

Se cruzó de brazos y esperó a que finalizaran las series de espalda.

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