lunes, 21 de abril de 2014

El comienzo de "Las pastillas rojas del doctor Gacitúa"

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Imagina tu cuerpo tumbado en una barca. Esa barca flota suavemente sobre aguas tranquilas. Se desliza lentamente. A medida que la barca avanza, tu cuerpo se relaja de manera progresiva… muy despacio. Déjate mecer por el río, como la barca. El río discurre cerca de una montaña. Se acerca cada vez más a ella. Tu cuerpo casi no pesa. Al pie de la montaña, el río entra en una gruta. La barca se acerca a la gruta, y sientes cómo todo lo que te rodea es tranquilidad. Te sientes bien yendo allí. La barca está ya muy cerca de la gruta. Dentro no hay luz. Tus ojos se acostumbran a la oscuridad. Estás en calma, relajado y tranquilo. Los párpados pesan, pesan mucho. Notas el cansancio, el sueño, estás muy cansado, muy cansado. Cuando mi mano te toque la cara, te quedarás dormido, profundamente dormido. Duerme, duerme, quiero que duermas. Cuando cuente tres, te habrás dormido.

El doctor Gacitúa practica la hipnosis. Su tarjeta de visita dice que es experto en hipnosis, catarsis y tratamiento de las histerias. Como aquella joven que llegó a la consulta convulsionando, con la respiración entrecortada. La sujetamos entre los dos, uno subido a horcajadas sobre ella, el otro agarrando su cabeza para que no se golpease. A duras penas conseguimos que se sentara y la atamos con unas cintas de cuero preparadas para que los pacientes no se lesionen ni hagan daño a otros. O aquel chico tan delgado que juraba que se quitaría la vida, que no quería vivir con unas piernas tan cortas y rechonchas aunque, en realidad, a todos nos parecían de un tamaño normal. O lo que sucedió con Edgardo Zabala, un adolescente que se presentó ataviado con un vestido rojo de mujer y unos zapatos negros de charol que le quedaban pequeños. Ese fue un caso difícil. Su madre estaba muy preocupada porque en el colegio los chicos se burlaban de él, lo amenazaban e, incluso, le pegaban. Pero era en ese instante en que Edgardo se enfurecía cuando rasgaba sus vestidos de princesa de cuento y se convertía en un matón sin escrúpulos, y enviaba a más de uno al hospital. Claro que eso ocurría solo cuando se enfadaba, porque la mayor parte del tiempo era un chico tranquilo que, dependiendo del momento, hablaba con acento mejicano, ruso o mandarín, e incluso achinaba sus ojos con los dedos índice de cada mano. Con él el doctor tuvo que emplearse a fondo y administrarle sus pastillas rojas antes de sumirlo en el ‘trance oscuro de la hipnosis’ —así lo llama el doctor Gacitúa, con la voz baja, casi en un susurro—.

A mí me gusta pintar. Pinto con carboncillo, no utilizo colores. El material me lo trae el doctor cuando va a la ciudad. Yo no suelo salir mucho de aquí. Siempre me dice que soy un artista y que envidia mi creatividad, aunque creo que lo dice para animarme, porque de vez en cuando me pongo triste pensando en mi madre. No la recuerdo bien. 

Cuando el doctor va a comenzar una sesión de hipnosis, me siento a un lado de la habitación y dibujo la escena. Luego me levanto de la silla y me acerco a los pacientes para no perder ni un detalle, y es entonces cuando utilizo el lápiz de carboncillo y el papel y me dispongo a dibujar. Es extraño, pero en ese momento sus rostros son de cera, como si la vida se viviese para dentro en vez de para fuera. Cuando le cuento esto al doctor, me dice que puede que esté en lo cierto y que descanse, que tengo una gran vida interior para tener dieciséis años. 

Cuando el doctor pregunta: ‘Fulanita, dime lo que estás viendo ahora’, y entonces la paciente describe cómo su padre la espiaba en el baño o cosas peores, pinto lo que escucho y luego se lo enseño al doctor, que se queda con mis dibujos para documentar sus casos, como parte del expediente médico o algo así. 

Soy muy observador, pero a veces me olvido de las cosas. No tengo problema con los números o las caras. Me pasa que a veces olvido días enteros, como si no los hubiera vivido. 

Las pastillas rojas me ayudan a recordar. No quiero ni pensar qué me pasaría si me descubriera el doctor. Aunque él es bueno conmigo. Un día que no estaba entré en su despacho. Y eso que me lo repite muchas veces, siempre con las mismas palabras: ‘Muchacho, este es mi santuario. De aquí para adentro —y entonces se agacha y traza una línea imaginaria en el suelo— está prohibido el paso’. Pero claro, tengo dieciséis años y soy curioso. Luisa me dice que tengo que experimentar: ‘Tienes que salir más. Buscar una novia y divertirte, que la vida es muy corta’. Y cuando me dice eso, voy y le doy un abrazo y un beso. Un día rozamos nuestros labios sin querer, y yo me puse colorado y ella se rio a carcajadas. Yo no salgo mucho. No tengo amigos ni he estado con chicas. Luisa viene todas las mañanas a limpiar. Se pone un mandil rosa para no ensuciarse la ropa. Le hace juego con una mancha en forma de fresa que tiene en el cuello. Es una marca de nacimiento. Yo también la tengo. 
Un día le pregunté que si era la novia del doctor y a ella casi le da un patatús de la risa. 
La verdad es que no salgo mucho, me paso el día aquí, dibujando, pensando en mis cosas. 
Algunas tardes, cuando no hay nadie en la consulta, me siento en la escalera de la entrada y cierro los ojos para tratar de recordar a mi madre. No consigo distinguir sus facciones. Si le pregunto al doctor por ella, rápidamente me cambia de tema, me habla del otro Gacitúa, el de Chile, o de su abuelo, el que trabajó con Freud, al que nadie cita en los libros. Cree que no me doy cuenta, pero claro que lo hago. Ya no soy un niño. A veces el doctor me trata igual que cuando era un criajo de siete años y me entran ganas de… no sé. Apenas recuerdo de ella su pelo rizado. De mi madre, digo. Y las pastillas me ayudan, claro que lo hacen. 

Un día entré en el despacho y las cogí. Vacié el bote en mis manos y las conté: una, dos, tres… treinta y cuatro, y luego metí una en mi boca. Al principio no sabía a nada, era como si chupara el capuchón de un boli. Después empezó a deshacerse la parte roja. Sabía muy dulce, a caramelo. Varios días seguidos entré allí a chupar las pastillas. Cuando se terminaba la película roja que las envolvía, tenían un sabor amargo. Entonces las escupía. 

Un día me puse las manos en la boca para obligarme a chupar la píldora completa, con su parte amarga y todo. 

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