miércoles, 23 de abril de 2014

El comienzo de "Pájaros"

Para conmemorar el Día del Libro, desde hoy y hasta el 23 de abril podrás leer en el blog de Hoy no puedo el comienzo de cada uno de los siete relatos que incluye el libro. ¡Que los disfrutes! Y si quieres regalarlo, haz clic aquí

Metí la carta entre la revista Pájaros y el último número de Aviornis y miré de soslayo a Cristina para asegurarme de que no se había percatado de mi hábil —eso pensaba yo— maniobra. Si lo fue o no, no lo sé, pero en cualquier caso Cristina no hizo ningún gesto sospechoso. Solo movía las manos en círculos imperfectos y hablaba sin parar, subiendo y bajando alternativamente el tono de su voz, mientras me explicaba algo sobre la nueva asistenta que habíamos contratado. Se detuvo a tomar aire y, tras una pausa, empezó de nuevo, esta vez con el colegio de nuestro hijo y su tutora, la señorita Romualda o Isolina o algo así. Yo admiraba la fotografía de portada de un precioso alcaudón común, con su pico ganchudo y su cresta gris pardo. El trayecto por las escaleras del garaje hasta la entrada de la casa se me hizo eterno.

—Tiene problemas, ¿sabes? —dijo preocupada.

—¿Quién? —respondí sin alzar la mirada de la revista, tratando de disimular mi impaciencia por entrar en casa.

—Pues tu hijo, coño, Miguel —y me levantó la cabeza empujando un poco mi barbilla—. Quién va a ser si no. 

  Cuando llegamos, me sentí aliviado. Abrí la puerta y me fui corriendo al cuarto de baño. Cerré el pestillo, me senté en la tapa del inodoro y abrí el sobre.  

—¿Estás bien? —preguntó Cristina. 

—Sí, cariño. Creo que he cogido algo de frío —mentí. 

Era un sobre pequeño, blanco nacarado, sin dirección, ni remite ni franqueo. Solo mi nombre en el anverso, Miguel, escrito a mano, con bolígrafo azul común, y un pájaro dibujado en la esquina inferior derecha con el mismo bolígrafo.

He de reconocer que al principio me asusté. Allí, junto al buzón, miré a todos los lados, en un gesto algo estúpido, esperando vanamente encontrar a la persona que dejó el sobre, como si fuera a estar esperando al otro lado de la calle con las manos en el bolsillo a que yo recogiera la correspondencia. Cristina llamaba con insistencia a la puerta del baño, preocupada por mi salud. A pesar de haber entrado en el otoño sudaba a borbotones, así que me deshice el nudo de la corbata y le pedí a Cristina algo de intimidad. Introduje mi dedo índice entre los pliegues del sobre y los deslicé de izquierda a derecha. Dentro, una cinta de papel común, torpemente cortado, con los bordes irregulares, imprecisos, con forma de sierra. Una nota escrita a mano decía: “Te vigilo”. La letra era redonda, grande y clara, casi de cuaderno de caligrafía. La ‘o’ estaba rematada con un trazo que se parecía al lazo de un regalo. Me sobrevino una súbita emoción, una inquietud que, lejos de azorarme, provocó en mí el nerviosismo de un chiquillo que se enfrenta a algo que no es capaz de dimensionar y menos aún de controlar, aunque reconozco que esa sensación de saberte observado por alguien, de saber que cualquiera puede controlar tus movimientos, me generaba una cierta desazón, más por ser una sensación desconocida que por ser algo molesto. Yo, que siempre había sido el vigilante, siempre ojo avizor para ver lo que nadie ve, para descubrir un nido diminuto bajo un tejado, un polluelo suplicante en una rama, un vuelo rasante de una especie en extinción. Imagino a mi observador, agazapado, con unos binoculares de siete o diez aumentos si es que vigila de cerca; o quizá, si se parapeta en la lejanía, con un telescopio terrestre, un Kowa de precisión. Yo para los pájaros uso un Dachstein, perfecto para observar desde mi ventana o para llevar a mis viajes y mantenerme muy quieto, en una selva tropical o en una sabana, escudriñando entre las árboles para distinguir un nictibio gris, que se pasa las horas muertas apoyado en una rama, confundiéndose con la corteza. Es un pájaro nocturno que durante el día se mantiene erguido, parado, simulando ser una protuberancia o una rama rota, tratando, como yo, de pasar desapercibido para los demás. 

Alguien jugaba a ser Dios. 


Primero pensé en algún colega de la Sociedad de Ornitología porque, aunque no tenía enemigos declarados, el éxito profesional se paga casi siempre con puñaladas traperas o con venganzas inesperadas. Pero no me imaginaba a Casinella o a Martí, tan melifluos ellos, emborrachándose una noche en cualquier tasca y urdiendo una conspiración judeomasónica ornitológica. Ni siquiera a los más jóvenes y ambiciosos: Ruipérez, Manglar y Sánchez, los últimos en llegar a la junta directiva; no, no son de los que aprovechan la noche para entrar en mi portal y dejarme unas notas misteriosas. Pero ¿quién si no?, ¿con qué fin?

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