lunes, 19 de mayo de 2014

Bravo samurái (para ochenteros)


Una de las cosas en las que coincidimos muchos escritores es en la tendencia/obsesión por rescatar detalles de nuestro pasado e incorporarlas a nuestras narraciones. Normalmente son pequeños detalles, no historias completas: un nombre, un personaje, un tipo de ropa, una canción... En mi caso, me ha parecido divertido compartir con vosotras y vosotros (y, de paso, recordarla) la trayectoria de una cantante muy conocida en los años 80 (yo era un crío, que conste) que indefectiblemente viene a mi memoria una y otra vez, y que suelo incorporar, casi como un guiño sin final, en muchas de las cosas que escribo. Ella es Vicky Larraz

Vicky Larraz fue la primera vocalista de uno de los grupos pop de más éxito en los 80: Olé, olé. Aunque quizá el grupo fue más conocido cuando Marta Sánchez sustituyó a Vicky Larraz, la verdad es que Vicky le dio una personalidad muy destacable en ese contexto de grupos poperos y frescos que coincidieron en el tiempo con bandas de todo tipo y pelaje, en esos maravillosos 80 para la música

En el año 1987 Vicky Larraz representó a España en el festival de la OTI, la versión latinoamericana de Eurovisión, donde logró un meritorio tercer puesto con una canción que se llamaba Bravo samurái. Os pongo el videoclip original, además de para que escuchéis la canción, porque creo que es muy interesante observar uno de los fenómenos audiovisuales más potentes de los 80 y los 90, el videoclip, que tanto ha influido después en el cine y la televisión. Obviamente, debéis juzgarlo sin prejuicios, pensando en que han pasado más de 30 años.



Tanto con Olé, olé como en solitario, Vicky Larraz interpretó canciones muy conocidas en esa época: No controles, Voy a mil, Siete noches sin ti, El amor es un huracán e, incluso, se atrevió con versiones de las Supremes o de Donna Summer. Pero, lo que son las cosas, ella, que dejó el grupo que la había dado a conocer en su punto más álgido de éxito para tratar de hacer algo más potente en el mundo de la música, fue desapareciendo de las listas de éxitos de las radiofórmulas casi al mismo tiempo que su sustituta, Marta Sánchez, se subía a la ola del triunfo.

En los 90 Vicky Larraz se fue a Miami y se convirtió en una conocida presentadora y productora de programas de televisión. Ha grabado algunas canciones después, pero no ha retomado su carrera musical

Y yo, en esa rueda de reencarnaciones en la que parece que Vicky Larraz está eternamente condenada al recuerdo, la comparto aquí, con vosotros, por si la reconocéis en alguno de mis personajes.

lunes, 5 de mayo de 2014

El Realismo sucio

Solo el nombre es atractivo, no digáis que no. Para quien no lo conozca, el Realismo sucio es una corriente literaria norteamericana de los años 70. Su máximo exponente, el escritor más conocido de esta corriente, es Raymond Carver. Otro grande (grandísimo) del Realismo sucio es J.D. Salinger. 

En resumen, el Realismo sucio se caracteriza por la sobriedad de los textos, la ausencia de adjetivación, el minimalismo. Carver, por ejemplo, evita las reflexiones o la abstracción. Prefiere los  diálogos (qué importantes son los diálogos, y un excelente ejemplo es el relato Un buen día para el pez plátano, de J.D. Salinger) y, desde luego, las metáforas de situación (situaciones que, aunque pueden leerse de manera directa, son metáfora de otras cuestiones). No encontraréis en los relatos de Carver grandes tramas, personajes heroicos, sintaxis rebuscada… Carver es un martillo pilón. Su lenguaje es seco, sin adornos, directo. Sus relatos hablan de lo cotidiano, a veces de situaciones absurdas que describe como si estuviese sacando una fotografía con palabras. Sin embargo, hay una riqueza extraordinaria e inteligente en sus narraciones: esas situaciones cotidianas, muchas de ellas de pareja, revelan una cantidad ingente de detalles sobre sus protagonistas, sus vidas (sucias -en sentado amplio- y tristes muchas veces). Carver no vuelca sobre el narrador la responsabilidad de relatarnos y mucho menos de interpretarnos lo que sucede o lo que quieren en realidad decir sus personajes: simplemente, nos lo muestra. Para ejemplificar lo que quiero decir, dos fragmentos de un extraordinario relato (a mí es de los que más me gusta) titulado ¡Cuidado! En él, un hombre separado que vive en un cuchitril y que desayuna champán y pastas desmigadas sufre la “desgracia” de tener un molesto tapón de cera en un oído. Su mujer acude al rescate y se da una curiosa y muy significativa (pero nada extraordinaria) situación.
“Tras mucho discutir —lo que su mujer, Inez, llamaba considerar la situación—, Lloyd se marchó de casa y se fue a vivir solo. Tenía dos habitaciones con baño en el último piso de una casa de tres plantas. En las habitaciones los techos eran abuhardillados. Al andar tenía que agachar la cabeza. Debía inclinarse para mirar por la ventana y tener cuidado al acostarse y levantarse de la cama. Había dos llaves. Con una entraba en la casa. Luego subía otro tramo hasta su habitación y abría la puerta con la otra llave”.
“—Te oigo —dijo él—. ¡Estoy curado! Quiero decir que oigo. Ya no tengo la impresión de que hables debajo del agua. Ahora estoy bien. Estupendamente. ¡Dios mío, por un momento creí que iba a volverme loco! Pero ahora me encuentro perfectamente. Lo oigo todo, Oye, cariño, voy a hacer café. También hay algo de zumo.—Me tengo que ir —dijo ella—. Se me hace tarde. Pero volveré. Saldremos a comer algún día. Tenemos que hablar.—Sencillamente no puedo dormir sobre este lado, eso es todo —prosiguió él.”

Algunos de sus libros más conocidos son ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, De qué hablamos cuando hablamos de amor, Catedral (en donde se encuentra ¡Cuidado!) o Tres rosas amarillas. Los relatos de Carver están disponibles en español a un precio razonable (mirad aquí).