lunes, 5 de mayo de 2014

El Realismo sucio

Solo el nombre es atractivo, no digáis que no. Para quien no lo conozca, el Realismo sucio es una corriente literaria norteamericana de los años 70. Su máximo exponente, el escritor más conocido de esta corriente, es Raymond Carver. Otro grande (grandísimo) del Realismo sucio es J.D. Salinger. 

En resumen, el Realismo sucio se caracteriza por la sobriedad de los textos, la ausencia de adjetivación, el minimalismo. Carver, por ejemplo, evita las reflexiones o la abstracción. Prefiere los  diálogos (qué importantes son los diálogos, y un excelente ejemplo es el relato Un buen día para el pez plátano, de J.D. Salinger) y, desde luego, las metáforas de situación (situaciones que, aunque pueden leerse de manera directa, son metáfora de otras cuestiones). No encontraréis en los relatos de Carver grandes tramas, personajes heroicos, sintaxis rebuscada… Carver es un martillo pilón. Su lenguaje es seco, sin adornos, directo. Sus relatos hablan de lo cotidiano, a veces de situaciones absurdas que describe como si estuviese sacando una fotografía con palabras. Sin embargo, hay una riqueza extraordinaria e inteligente en sus narraciones: esas situaciones cotidianas, muchas de ellas de pareja, revelan una cantidad ingente de detalles sobre sus protagonistas, sus vidas (sucias -en sentado amplio- y tristes muchas veces). Carver no vuelca sobre el narrador la responsabilidad de relatarnos y mucho menos de interpretarnos lo que sucede o lo que quieren en realidad decir sus personajes: simplemente, nos lo muestra. Para ejemplificar lo que quiero decir, dos fragmentos de un extraordinario relato (a mí es de los que más me gusta) titulado ¡Cuidado! En él, un hombre separado que vive en un cuchitril y que desayuna champán y pastas desmigadas sufre la “desgracia” de tener un molesto tapón de cera en un oído. Su mujer acude al rescate y se da una curiosa y muy significativa (pero nada extraordinaria) situación.
“Tras mucho discutir —lo que su mujer, Inez, llamaba considerar la situación—, Lloyd se marchó de casa y se fue a vivir solo. Tenía dos habitaciones con baño en el último piso de una casa de tres plantas. En las habitaciones los techos eran abuhardillados. Al andar tenía que agachar la cabeza. Debía inclinarse para mirar por la ventana y tener cuidado al acostarse y levantarse de la cama. Había dos llaves. Con una entraba en la casa. Luego subía otro tramo hasta su habitación y abría la puerta con la otra llave”.
“—Te oigo —dijo él—. ¡Estoy curado! Quiero decir que oigo. Ya no tengo la impresión de que hables debajo del agua. Ahora estoy bien. Estupendamente. ¡Dios mío, por un momento creí que iba a volverme loco! Pero ahora me encuentro perfectamente. Lo oigo todo, Oye, cariño, voy a hacer café. También hay algo de zumo.—Me tengo que ir —dijo ella—. Se me hace tarde. Pero volveré. Saldremos a comer algún día. Tenemos que hablar.—Sencillamente no puedo dormir sobre este lado, eso es todo —prosiguió él.”

Algunos de sus libros más conocidos son ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, De qué hablamos cuando hablamos de amor, Catedral (en donde se encuentra ¡Cuidado!) o Tres rosas amarillas. Los relatos de Carver están disponibles en español a un precio razonable (mirad aquí).   

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